Años después

Estamos todos sentados a la mesa. Llevamos unos momentos de silencio incómodo tras los efusivos saludos iniciales y los conatos de conversación plagados de interrogaciones retóricas y lugares comunes, esperando a que comience la reunión para la que hemos sido convocados. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, sabíamos las coordenadas formales de los demás, puesto y empresa, estado civil, pero poco más, pero ninguno de nosotros sabe el motivo real por el que estamos aquí. De ahí las miradas recelosas, simulando confianza, con que los ocho presentes nos lanzamos a los ojos intentando averiguar qué intenciones se esconden tras ellos.

Tan solo queda un asiento libre, ¿lo ocupará quien nos ha traído hasta este lugar que hacía tantos años que no visitábamos? Mientras fuimos amigos nos escapábamos una vez al año de la ciudad para convivir durante unos días junto a la playa en este destartalado hotel sin estrellas, para qué si ya nos bastaban con las que brillaban en el cielo. Usábamos las noches para hablar y soñar con los ojos abiertos mientras que las primeras horas del día las utilizábamos para dormir. Eso era lo que entonces entendíamos por ser jóvenes, vivir sin compartir las reglas de los otros, las que regían la vida de esa mayoría de la que ahora formamos parte y que entonces nos empeñábamos en considerar ajena a nosotros.

Nos hemos saludado con alegría a la par que con distancia. Con abrazos dictados por el corazón, pero con una capa tan fina de cariño recíproco que rápidamente ha tornado en esa distancia invisible que un día surgió y que hizo que los unos nos convirtiéramos para los otros en una etapa gratamente vivida, feliz incluso, pera ya pasada, superada, y a la que solo miramos, si acaso, para no hacer frente a algunas de las frustraciones del presente. Cuando el sexo actual es insuficiente en cantidad y en calidad recordamos la frecuencia y la efusividad de hace dos décadas. Cuando desaparecen los besos sin sabor al despertar y al acostarnos, volvemos a desear los que nos regalábamos entonces sin excusa necesaria en todo momento. El motivo, la razón, el impulso, el fin eran el goce, el disfrute, el placer, la sonrisa transmitida y la provocada.

Dicen que todo ser humano necesita en su vida una utopía en la que creer y que buscar continuamente como manera de intentar ser cada día mejor que el anterior. A lo mejor aquello fue nuestra particular utopía, una burbuja emocional y relacional sustentada artificialmente por los estudios universitarios que ocupaban nuestra mente y nuestros padres que resolvían nuestras necesidades materiales. A lo mejor no hemos madurado tanto como creemos y nos hemos anclado a parte de aquel entonces sin querer o ser capaces de ver las múltiples piezas que lo conformaban.  A lo mejor somos unos egoístas por mirar hacia atrás en lugar de hacerlo hacia adelante. A lo mejor somos unos cobardes por no asumir la responsabilidad de las decisiones que hemos ido tomando hasta llegar a donde estamos hoy.

Nadie te obligó a casarte. Fuiste tú quien decidió tener dos hijos. La mano que firmó aquella hipoteca millonaria fue la tuya. Hubo un momento en que te resultaron atractivos el traje y la corbata que ahora te aburren. No pasa nada porque cambiaras la creatividad de hacer números para llegar a final de mes por la tranquilidad de la solvencia económica, lo malo es que en tu caso mudó en un filtro de soberbia tras el que miras, juzgas y sentencias a cuanto acontece y cuantos transitan por el estrecho y casi plano mundo en el que vives.

Todo esto que no nos decimos es lo que nos entretiene mentalmente hasta que escuchamos el sonido de unos zapatos de alguien que se acerca, que se para al otro lado de la puerta y que hace girar el picaporte.

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