La báscula

Está mal. Esta báscula está mal. Marca 78,700 y yo en realidad peso 77 justos, ni un gramo más ni un gramo menos. Hace dos horas que me he levantado, estoy en ayunas, he corrido diez kilómetros, ni un vaso de agua desde que he vuelto a casa, la cifra que marca este cacharro ¡es mentira! Estoy por devolverla a la tienda. Maldito el día que la compré, ya sabía yo que estaba metiendo al diablo en casa en forma de remordimiento de conciencia. He llamado a Juan y le he contado lo que me está sucediendo, me dice que a lo mejor es porque una de las esquinas está colocada en la junta entre dos baldosines y que al no apoyarse bien sobre el suelo da como resultado este descalabro. Que a él le sucede. Aunque no le creo, si fuera así me hubiera dicho cuánta es la imprecisión que él sufre y, o tiene mucha mejor autoestima que yo, o le puede la sensación de victoria sobre mi desviación, o es una excusa que ha improvisado para intentar hacerme sentir bien.

Ya sé dónde se han ido esos casi dos kilos. No se dejan ver, pero tú los notas que están ahí, te lo dejan bien claro en el último tramo al subirte el pantalón, al abrocharte el cinturón o al ponerte la camiseta. Si eliges talla L parece que te has metido en un saco y si coges la que te corresponde, la M, el espejo te devuelve ese exabrupto en torno a tu cintura. Esto pasa también porque las marcas de moda cosen mal sus prendas. Lo mandan hacer todo en China, no controlan los temas de calidad y les traen sin cuidado los efectos secundarios que esto puede tener sobre nuestras mentes de chicle.

Y te pones a pensar en modo obsesivo, no lo puedes evitar, cómo podrías quitarte exactamente eso, eso que no existe, esa realidad virtual en modo de extraño parásito estético que no quiere alimentarse de ti, sino al revés, ¡nutrirte! Aunque ojito y mucho cuidado con lo que deseemos, no nos vaya a ocurrir que el anhelo de perder mil setecientos gramos tenga que ser tan preciso como la petición de una libra de carne del shakesperiano drama del mercader de Venecia. Pero esa es otra historia, que me voy por las ramas.

Cuánto mal han hecho las películas de romanos, incluyendo el Espartaco de Stanley Kubrick y su diálogo piscinero sobre las ostras y los caracoles, el David de Miguel Angel con su fantástico culo y los apretados vaqueros de los dibujos de Tom de Finlandia. ¿Qué hago? ¿Espero a ver si esto se convierte en algo permanente o cambio ya el dato en las aplicaciones de contactos? Alguno avezado seguro que se da cuenta y ya se encargará de propagar el nuevo número, también puede ser que con lo tiquismiquis que somos, basta este ligero aumento para que aparezca en radares en los que hasta ahora era invisible. Mira que si se abre para mí la puerta del paraíso y dejo de fustigarme gracias a este incremento de consideración por parte de los demás.

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