Verano 1993

Días atrás vi esta reciente película española. Entrañable, sensible, íntima,… se ve a los niños jugando en el campo, sin más, sin móviles, sin tabletas, no hay más sonido que el del ambiente. Una época en la que existían grandes prejuicios y miedos viscerales sobre cosas que hoy, afortunadamente, muchos tenemos superadas. La realidad de su final me hizo salir del cine llorando y pensar, recordar, mirar desde hoy a dónde estaba yo entonces.

Ese verano de hace 24 años estrenaron Parque Jurásico, fue la primera película que vi en su versión original en inglés. No entendí nada, no había subtítulos. Estaba en una ciudad del sur de Inglaterra, Bournemouth, en el que fue mi primer viaje al extranjero. Debía llevar allí como diez días, en un lugar al que hasta llegar llamaba Bournemouz y que nada más aterrizar descubrí que resultaba ser Bormuz, pronunciándolo con una gesticulación labial que creo que nunca antes había practicado. Muestra de que el sobresaliente en inglés que había conseguido al acabar 3º de BUP pocos días antes no significaba que yo supiera inglés. Lección de vida número uno de aquel viaje, la realidad es práctica y no teórica, y de poco vale saberte las instrucciones si luego no eres capaz de hacerte entender y de comprender a los demás.

Nada más comenzar la proyección me agaché en la butaca. Sentí como si hubieran lanzado un boomerang en algún punto de la sala a una velocidad terrible, que venía directo a darme y que afortunadamente se alejó sin llegar a tocarme un pelo. Era el efecto dolby sorround. Nunca antes lo había escuchado, sentido, vivido. Aquellos cinco segundos de ráfaga promocional me hicieron estremecer. No me dio tiempo a saber qué pasaba y qué sentía, pero en cuanto lo descubrí me invadió una extrema sensación de placer, de alucine, de estar a punto de entrar en otra dimensión. Después… fue raro, no entendía los diálogos, pero nunca había estado frente a una pantalla semejante. ¡Los dinosaurios eran tan grandes! Me frustré y emocioné a partes iguales, me dio rabia a la par que me asombraba como nunca antes me había ocurrido.

El éxtasis me llegó días después, en Londres, en Piccadilly Circus, cuando entré en Tower Records. Jamás, ni en el mejor de mis sueños había concebido que pudiera haber semejante cantidad de películas y cd’s juntos en un mismo sitio. Blanco y negro y color, comedias, dramas y musicales, títulos clásicos, ¡mudos incluso! y actuales,… ¡Y libros! ¡También libros sobre cine! Pocas veces he disfrutado tanto subiendo unas escaleras mecánicas, cada tramo un poco más. Seguí las indicaciones hasta que llegué a la sección que buscaba y tal y como marcaba el rótulo de orden alfabético, encontré en la “s” lo que deseaba desde hacía mucho tiempo, quizás desde siempre. No era el tener ese cd en las manos, sino la posibilidad de a partir de ese momento poder escuchar siempre que quisiera esa secuencia que tan pocas veces había visto de verdad pero que tan obsesivamente yo reproducía en mi cabeza… I´m dancing and singin’ in the rain

Había ahorrado durante meses, así que mi misión era múltiple y tenía otro doble objetivo, dos películas que quería llevarme de vuelta a España, dos VHS para los que necesitaría un reproductor que aún no tenía –y por el que estuve trabajando todo el mes siguiente tras mi vuelta para conseguir el dinero necesario-. Casablanca y Thelma y Louise. Del primero además compré el libro del guión, edición especial 50 aniversario, entonces una joya disponible solo para unos pocos, hoy fácilmente conseguible a través de internet. No solo las vi muchas veces, sino que las escuché, semanas después conecté el vídeo recién estrenado al equipo de música y las grabé en cinta de audio. Dos cassettes de sesenta minutos de TDK para cada una, que reproduje multitud de veces para intentar captar cada matiz de sus diálogos y frases, de las voces, entonaciones y registros de Humprey Bogart, Ingrid Bergman, Geena Davis y Susan Sarandon.  Personajes a los que escuchaba sinfín gracias a un walkman que llevaba a todas partes, cuando iba a clase, a comprar, al cine o a la cama en la que dormía con dos grandes posters en su cabecero,  el de ellas, el de Thelma & Louise, y el de esos maravillosos, impostados, exagerados, dramáticos y exagerados 238 minutos que eran, son y seguirán siendo Lo que el viento se llevó.

Muchos años después acabé entrando en el Rick’s, el bar de Casablanca, en la Casablanca de verdad, pero en un Rick’s simulado, no en el auténtico. Una atracción turística con halo cinematográfico del Marruecos de maneras occidentales del siglo XXI en la que caí con mucho gusto y que disfruté con deleite. Además de poner las manos sobre el teclado de un piano como si fuera a tocar los acordes de You must remember this, a kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh también disfruté de una buena comida mirando al resto de comensales e imaginando que en cualquier momento nos levantábamos todos para plantarle cara a los nazis cantando la marsellesa al unísono .

Esa es la magia del cine, la maravilla de las imágenes en movimiento, que te demuestran que los sueños pueden llegar a ser reales o que, al menos, fantasear es uno de los ejercicios más sanos que hay, que te hacen sentir incluso, tiempos, momentos y personas que no eres o no tienes cerca. Que al final todos tenemos algo en común, eso que nos une cuando miramos al unísono la pantalla y reímos a la par, nos emocionamos a la vez y se nos escapa una lágrima al tiempo, como en Verano 1993.

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