En la piscina

Hace rato que saliste de la piscina y que entraste en tu habitación, ahí al otro lado. Has echado la cortina, supongo que estarás descansando, quizás durmiendo, pasando este rato de tanto calor bajo el aire del ventilador que imagino habrás puesto en marcha.

Te vi entrar de refilón, cuando yo dejaba mis cosas a un lado y me disponía a tomar asiento, a tumbarme para recuperarme del viaje de más de una hora por una carretera llena de baches en un taxi sin amortiguadores.  Mientras yo me quitaba mi camiseta tú salías del agua, recogías tu toalla roja y te marchabas. Cuando quise darme cuenta ya habías desaparecido, pero habías despertado algo en mí. Llámalo curiosidad, deseo si quieres. Me dejaste con la duda de si habías ocurrido de verdad o sido una fantasía,  una manipulación de la realidad por mi parte.

Probablemente nunca llegues a saber nada de esto. El pasado me dice que en breve este pensamiento mío se habrá apagado, que me darás igual, pero que conservaré este momento como una ilusión, como el principio de un algo que nunca ocurrió pero que con imaginación suficiente podría dar pie a una gran historia, con fantásticas descripciones literarias, acertados diálogos y perfectos encuadres cinematográficos con movimientos de cámara subrayados por una sugerente banda sonora instrumental.

Pasan los minutos y el calor me hace mella, me abotarga la cabeza y me impide seguir leyendo el texto de Arthur Miller que tengo entre las manos. Me siento en el borde, compruebo con los pies que la temperatura del agua es de lo más agradable y me adentro sumergiéndome entero.  Me encanta ver lo transparente que es, no notar ninguna diferencia entre dentro y fuera de ella. Si tuviera la certeza de que no va a aparecer nadie más hasta me quitaría el bañador. Pero como elucubro con la posibilidad de que aparezcas tú (al igual que cualquiera de los otros clientes de este hotel), desestimo la idea y la mando a ese gran rincón de posibles imposibles, de distracciones mentales que a veces no sé si son ocurrencias sin más o retorcidas excusas para ponerle al presente ese punto de atrevimiento, soltura y satisfacción que acierto a averiguar si es que solo lo tiene para unos pocos, quizás para nadie, o que yo no soy capaz de dárselo o permitir que lo tenga para mí.

No se oye absolutamente nada. Tan solo el cielo azul y el verde de esta frondosa vegetación que con su quietud nos rodea por todas partes. Y si placentero es ver y escuchar este exceso natural, más aún es sentirlo con los ojos cerrados. Un todo que se hace acuático, líquido y fluido, ondulante, un vaivén mecedor con efecto relajante, generador de una calma que llega hasta el fondo y vuelve desde ahí haciéndose dueña de mi cuerpo y de mi persona, de mi mente y de mi alma. Da igual cuánto dure, si solo un instante del que casi no percatarme o un momento en el que ser consciente de ello. Pero este torrente de paz y satisfacción, este aquí y ahora quizás sea eso que llaman felicidad y que no se alcanza cuando lo llamas y lo buscas, sino solo cuando te limitas a estar abierto, a dejar que suceda cuando quiera que tenga que ocurrir.

Al abrir los ojos te veo sentado, igual que estaba yo hace un rato, en el borde, también con los pies dentro del agua. Tu mirada hace el viaje opuesto a la mía, de tus ojos a los míos. Medio sonrío de manera casi automática a la par que lo haces tú y antes de que me tiempo a articular palabra, eres tú el que se dirige a mí.

  • Hola, ¿qué tal? Soy Andrés.
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