Historias de Madrid

Andrés. Fue el sábado pasado, iba caminando tranquilamente y al pararse en el semáforo de la esquina de Gran Vía con Callao se llevó la mano a la cara y notó que tenía algo en la piel, como si la tuviera seca. Por un momento se asustó, pensó en una dermatitis, pero no venía a cuento un diagnóstico así, hace tiempo que aprendió que la hipocondría a sus treinta y pocos no es más que postureo dramático. Se puso en modo madre, se mojó los dedos con saliva y al frotarse notó que aquello salía, quedaba así claro –por una extraña lógica que solo él comprendía- lo que ya imaginaba, que no era cáncer. ¡Uy! Y de repente cayó. No se había duchado tan bien como él creía antes de salir de la casa del chico con el que había pasado la tarde.

Ramón. Hacía frío y no estaba de humor, así que en lugar de coger el metro allí, bajaría andando hasta Plaza de España, a ver si de esa manera se le pasaba el mosqueo. Haber ido hasta allí para nada. Él que esperaba pasar un buen rato y quedarse a gusto después de semanas sin hacer nada con nadie. Cuando llegó se encontró entreabierta la puerta de la dirección que aquel chico le envió en el último mensaje de su conversación vía chat. Entró y vio al fondo una gran habitación, fue hasta allí y en el centro, sentado en el sofá, desnudo y luciendo cuerpazo, él, el mismo tipo que el de las fotos. Aún más guapo que en ellas, sus músculos y abdominales aún más reales que en aquellas imágenes. Pero incapaz de responder a su Hola, soy Ramón. Parecía que no le escuchaba, aunque su gesto ofreciéndole servirse de la bandeja en la que acababa de preparar varias rayas de coca denotaba que sí, que se había dado cuenta de que estaba allí. Con un ¿Quieres? se lo confirmó. Ramón frunció el ceño, se dio media vuelta y se fue.

Pedro. Ayer no fue a trabajar. La espalda le había jugado una mala pasada una vez más. El estrés laboral se había hecho dueño de ella contracturándole la zona de la escápula. A fuerza de escuchar al fisioterapeuta al que siempre acudía, había terminado por aprenderse el feo nombre de semejante lugar de su anatomía. ¡Cómo un punto tan insignificante de su geografía corporal podía doler tanto! Para colmo de males, Arturo no podía recibirle ese día, tenía la toda la agenda ocupada, sin un hueco, hasta el viernes. Él estaba desesperado, no había pegado ojo en toda la noche, así que puso un post en su muro de facebook pidiendo que le facilitaran contactos de profesionales de la materia. Le llegaron siete números, les contactó uno a uno por whatsapp, el único que le dijo que podía visitarle resultó ser Luis, que a las seis de la tarde abría en su pequeño apartamento su camilla portátil y dejaba en una mesa contigua su pequeña cesta llena de botes de diferentes colores, tamaños y alturas. Cerró las ventanas para silenciar el bullicio de la Gran Vía que llegaba hasta allí a pesar de encontrarse en una vía paralela y tal y como solía hacer, Pedro cerró los ojos y se dejó llevar una vez que comenzó el masaje. La zona contracturada le dolió, pero las manos de Luis resultaron ser de lo más profesional y poco a poco se fue relajando. Llegó un momento en que se quedó traspuesto. Soñó que arqueaba las caderas mientras Luis se las agarraba, que este apretaba sus muslos en recorridos facilitados por el aceite de argan, que la cadencia de este ritmo era cada vez más fuerte, igual que la presión de sus dedos, que aún no habían vuelto a su espalda pero que ya no recorrían sus piernas. Él callaba pero dejaba claro con su lenguaje corporal que aquello le gustaba, que lo deseaba, que lo quería, que lo pedía y que diría que sí si se lo proponían. Un gemido ahogado le despertó, abrió los ojos de repente, necesitaba aire, respirar hondo para digerir ese golpe de placer tan repentino y que parecía tener un origen realmente profundo. En ese instante se dio cuenta de que Luis no estaba utilizando solo sus manos y de que la presión del masaje ya no era ejercida solo sobre su piel.

Ramón (otra vez). Al pasar junto al luminoso del cine Capitol se tocó por fuera el bolsillo interior del abrigo. Allí estaba. No esperaba salir así de la casa de aquel maromo, pero al menos era una compensación. No lo tenía premeditado, se le ocurrió y lo hizo. No se puede decir que sin pensarlo, claro que lo meditó, pero con una milésima de segundo le fue suficiente. Idea, afirmación, acción, así era él en ocasiones. Cuando recorría de vuelta el pasillo de aquella pseudo mansión entró en el baño, meó y al lavarse las manos lo vio, lo cogió, lo abrió y se lo acercó a la nariz. Le gustó el olor dulce, intenso, meloso, con aires de madera, con un punto afrutado, de esos que permanecen, que dejan huella, que atrapan, que no se olvidan. Lo cerró y se lo guardó. El tipo no había sido siquiera capaz de levantarse del sofá para acompañarle a la puerta, con lo que no se iba a enterar. Al palpar aquel sucedáneo de trofeo ya no se sentía tan absurdo y gilipollas. Decidió que en lugar de enfadarse consigo mismo por haber acudido con expectativas almibaradas para luego nada, recordaría esta tarde como aquella en que homenajeó a Marnie la ladrona, pero sin ser él nada de eso. Al llegar de vuelta a su pequeño apartamento puso el bote de Tom Ford en una estantería junto a los de Armani, Versace, Hugo Boss, Hérmès, Yves Saint-Laurent,..

Jose. Estaba en mitad de la pista en los bajos de Callao. Hacía tiempo que no salía y esta noche se había dejado convencer por sus amigos. El local que había sido la primera discoteca que pisó cuando llegó a Madrid había vuelto a abrir ahora, muchos años después. La música no le apasionaba pero no estaba mal. Acababa de pedir la segunda de las dos copas que había comprado con la entrada al local. A su alrededor todos se movían siguiendo el ritmo electrónico, animados por su volumen y los mil rayos de luces de colores que surgían de todas partes. ¿Me agarras el vaso? No respondió, estiró la mano y lo cogió. Él le sonrío y acto seguido se quitó la camiseta mostrando un torso que le dejó sin aliento, casi conmocionado. Aquello era un espectáculo, una maravilla que recorrer de mil maneras, con los ojos, con los dedos, con los labios, con la lengua, saboreándola, oliéndola, ensuciándola, limpiándola, acariciándola. ¿Me la devuelves? No lo hizo, tuvo él que recogérsela. Se había quedado inmovilizado, imaginando que acto seguido le iba a decir algo, a presentarse, una excusa para comenzar a bailar juntos, para después besarse, retirarse a una zona con menos luz y seguir besándose con más ansia, meterse mano, ir a casa de quien viviera más cerca, recorrer la cama de arriba abajo, despertar agotado pero jodidamente contento, tomar un zumo de naranja recién exprimido, intercambiarse los números de teléfono. Gracias. Le guiñó un ojo, se dio la vuelta y se fue, y allí se quedó él, con cara de bobo, de pasmado, viendo como aquel sueño hecho casi realidad desaparecía en aquel mar nocturno de hombres de pantalones apretados y torsos desnudos.

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