Cuando corro

Un señor que se llama Haruki Murakami –pronuncia todo seguido, el nombre y el apellido, estando borracho a ver si eres capaz- publicó en su día un libro que se titula De qué hablo cuando hablo de correr. Yo no lo he leído, por lo que no sé lo que cuenta, aunque supongo que tenía que correr mucho tiempo, medias maratones o completas incluso, porque para escribir 240 páginas habría de pensar muchas cosas. Y luego que se acordara de ellas, no creo que las fuera grabando como notas de voz en su móvil o apuntando en una libreta. Si yo lo intentara seguro que un día acababa tragándome el capuchón del boli. En fin, dejemos la imaginación y las elucubraciones aparte y centrémonos. He aquí mi ejercicio de memoria para contaros qué pienso cuando corro, que diez kilómetros dan para mucho.

Kilómetro 1. Qué mono voy con este pantalón corto y esta camiseta de tirantes, ideal para los 20 grados que marca el termómetro y los 23 de sensación térmica que tenemos según la tele, pesados que son con esto con esto de la sensación térmica, ahora ya no sabemos si fiarnos o no del termómetro. Ipod –¿me considerará Apple un influencer por esta publicidad subliminal?- con la batería al cien por cien y play en modo aleatorio orgullo gay con toda la discografía de Madonna, Beyonce y Kylie, además de muchas más canciones de Britney, Cher, Shakira, Rihanna y Taylor Swift. Y un poco de Mecano, Marta Sánchez, Malú y Merche, que también soy fan de las voces patrias. Qué comodas son estas zapatillas, qué buena compra hice. Cómo me gusta esto de correr, es muy sano. Y más así a primera hora de la mañana, con la fresca antes de que haga calor.

Kilómetro 2. Cinco minutos y solo he recorrido un kilómetro. Se hace esto un poco pesado, madre mía, todavía nueve kilómetros por delante. Un día me va a dar algo y caigo redondo. No un esguince o una mala pisada, algo peor, rollo paro cardiaco, sin avisar, sin un flato previo. De repente. Pum, chimpún y adiós. Y me quedo aquí tirado en la calle sin documentación ni nada, a ver quién me recoge y avisa al 112 y después sabe Dios cómo me identificarían.

Kilómetro 3. No seamos dramáticos, que ya llevo hecho el veinte por ciento. Uy, cuesta arriba, no, no, mejor en este cruce giro a la derecha por la avenida que es ligeramente cuesta abajo y así cojo resuello. Y por este lado, además, da el sol, que me viene muy bien para coger color en las piernas, que parezco albino. Porque me da corte quitarme la camiseta, que si no, aprovechaba también para poner moreno mi tronco superior.

Kilómetro 4. Junto a las vías del tren, todo llano, un poco pesado esto, qué recto, si es que no se ve cuando se acaba, parece que no avanzo, que estoy corriendo en una moviola. Y mira que está guarra la calle, la de basura que hay tirada, no me jodas, y esto no es solo que no se limpie, es que la gente ensucia. Luego nos quejamos de Carmena, pero es que esto no es solo culpa de ella. En cuanto llegue a casa pongo un tuit.

Kilómetro 5. Uy, un tren, voy a apretar un poco a ver si me convierto en Superman y le supero. Un poco tonto sí, pero esto de la automotivación es lo que tiene, ¿no? A ver si no cómo lo hacen otros. Los que corren sin música me alucinan. Quizás tendría que intentarlo un día. Una vez leí en una revista que ayuda a meditar. Aunque a lo mejor ya lo estoy haciendo y no me doy cuenta. Lo dudo. Esto que hace mi mente cuando corro es más parecido al método paranoico-crítico de Dalí y a la libre asociación surrealista que otra cosa. Bueno, ni eso. No sé por qué cuando hacemos cosas sin sentido les aplicamos el adjetivo de surrealista, como para darle caché, cuando no hay caché que darle, mamarrachas, que somos un poco mamarrachas.

Kilómetro 6. Bien, ya estamos en la segunda parte. Ya estoy más cerca del final que del principio. Y si un día me dieran un Goya, ¿qué diría en la ceremonia? ¿Lo recibiría con una gran sonrisa? ¿O se me escaparía alguna lágrima? ¿A quién se lo dedicaría? ¿Me pondría nervioso? Y el traje, ¿tendré que llevar uno mío o me lo dejará alguna firma? ¿Y podré quedármelo? Y si no, pues no lo devuelvo, así sin más. A ver si un productor se fija en mí de una vez, o un director, lo mismo me da, al que más le guste y el que decida sobre el casting. Y si hay que acostarse, pues me acuesto, con la de veces que lo he hecho porque sí, ¿por qué no lo voy a hacer para conseguir una oportunidad tan digna de ganarme la vida?

Kilómetro 7. Escribir me gusta, pero eso es más complicado. Lo haces por amor al arte, pero no te comes un colín. Y se pasa mucho tiempo solo, y las promociones seguro que son mucho más aburridas. Mejor me dedico a la actuación, que visitas más sitios y seguro que se liga mucho más. Ay madre si en una de esas conozco a Madonna, ¡fliparía! Le diría la verdad, que siempre he sido fan suyo, que sus canciones son la banda sonora de mi niñez y de mi adolescencia, y también de cuando tenía veinte y treinta. Que no hay un día sin que escuche un tema suyo. Qué cual es el que más me gusta. Uy Madonna, pues no sé qué decirte, cuando aún no me afeitaba el Material girl, después el Express Yourself que lo bailaba en la piscina en modo natación sincronizada, y si tuviera que destacar un disco tuyo, sin duda alguna Ray of light, pero el Confessions on the dance floor fue la leche. La leche, Madonna, fue la leche. Y sin olvida tu papel en Evita, estuviste maravillosa. Me aprendí la letra del Don´t cry for me Argentina y cuando salía por la noche simulaba ser tú y se lo cantaba a la gente en la boca del metro. De verdad, así como te lo digo. Espero que no me pregunte por el último disco, que este lo he escuchado pocas veces y encima no fui a la gira porque ir al concierto a Barcelona era una pasta.

Kilómetro 8. ¿Y si vuelvo a practicar la natación? Seguro que con eso conseguiría eliminarme el flotador y marcar de una vez el último pack de las abdominales. Como cuando tenía veinte años y entrenaba con los submarinistas de la Policía. ¡Qué de fantasías! Si me pilla ahora… Si me pillara ahora pues probablemente igual porque con lo pavo que soy. Mira qué perro más majo, qué ganas tengo de tener uno así, uno bien guapo, un labrador o un retriever.

Kilómetro 9. Llevo ocho y me quedan dos. Si hago mi media habitual en diez minutos habré acabado. Cuarenta minutos y en cinco más solo me quedarán otros cinco, los finales. Treinta segundos para cada cien metros. Para cuando vuelva Beyonce con el estribillo seguro que los he recorrido. Me tengo que preparar una de sus coreografías para bailarla cuando salga de marcha el próximo fin de semana. Vais a flipar. Os voy a dejar con la boca abierta.

Kilómetro 10. Vamos, un esfuerzo más, un empujón. Si esto ya está, como si fuera un atleta olímpico a punto de llegar a la meta. Adelante, yo a pensar solo en mí, en avanzar, y en no tropezar que esta acera es muy estrecha, los demás no importan. Quedan pocos metros y tengo que correr, apretar todo lo que pueda, a ver si consigo medalla y subo al pódium. Ay madre, el último tramo cuesta arriba, espero no me quedarme sin aire. Dios mío, que lo voy a conseguir, lo rozo, lo toco, ¡voy a ser medalla olímpica! ¡MEDALLA OLÍMPICA! ¿Oro? ¿Habré sido oro? Joder, me voy a emocionar cuando suene el himno. Ojalá la plata y el bronce sean un italiano y un americano.

Ahora con vuestro permiso, voy a darme una ducha, que mucha fantasía y mucha historia, pero como estar bien aseado no hay nada. Dadme quince minutos y estoy de vuelta para responder a vuestras preguntas. ¡Gracias!

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