El encuentro

¿Vienes o voy? Me da pereza moverme, pero más aún dejar que alguien entre hoy en casa y con el calentón que tengo no me voy a quedar con las ganas. Así que cojo el metro y me planto en tu casa en veinte minutos. Dos minutos andando, un trayecto de siete paradas y tres minutos más a pie para echar un polvo. Un guión que ya me sé, lo que no tengo claro es si tendremos una parte original en la que conversemos o si iremos directos al grano. Las bocas a las bocas, los dedos ágiles a las braguetas, los labios a la entrepierna, las manos a magrearnos por todas partes, las lenguas pasando por los pezones, enganchándose a ellos si la respuesta es en forma de gemidos,… ¿Nos saludaremos? ¿Hablaremos antes como dos personas que se acaban de encontrar amistosamente o lo haremos como dos que solo quieren calmar su interior a través del falso disfraz del sexo? Y si hablamos, ¿será por mera cortesía? ¿Para superar lo abrupto de saber que nuestro encuentro tiene la motivación que tiene? ¿Cuál es la tuya? ¿Me la vas a decir? ¿Quieres saber la mía? No me lo preguntes porque a lo mejor en ese momento nos quedamos mirándonos a los ojos y no soy capaz de mentirte, de mentirme, y me cortas el rollo.

Lo quiero todo, todo a la vez. Darte y que me des. Comerte y que comas. Muy visceral, muy salvaje, muy animal. Sudar, retorcernos de gusto, olvidar que he llegado hasta aquí pensando en el momento de irme, en las posturas en que vamos a hacerlo, en las frases vacías que nos vamos a dedicar. Esas cuyo sentido de entrega se apagará tan pronto como nos hayamos corrido, sin esperar siquiera a que nuestra respiración vuelva al ritmo que tiene ahora que paso el umbral de tu puerta. Se apagará el sueño antes de despertar. Sabemos que es así, lo hemos hecho antes, muchas veces, al menos yo y fijo que tú también. Eso hace más fácil este encuentro y que nos demos lo que deseamos, perdón, rectifico, que nos facilitemos el uno al otro obtener lo que estamos buscando, lo que necesitamos, lo que decimos que nos apetece. Pero lo que deseamos no, eso no lo vamos a conseguir hoy. Ni tú ni yo, porque ni tú ni yo vamos a hacer porque eso ocurra. Al menos yo, no. E imaginar que tú también lo deseas es la primera muestra de que yo no estoy dispuesto a ello.

La verdad es que me gustaría ser capaz de escucharte para descubrir quién eres y contarte a ti qué cosas me gustan –tanto dentro como fuera de la cama- para que quizás, si el libre albedrío de lo que vayamos compartiendo nos lleva hasta ahí, te hicieras una idea de qué me motiva en mi día a día. Sin entrar en juicios de valores, sin ponerle puertas al campo ni trazar líneas rojas, mostrándote quién soy y sintiendo que tú me dejas ver quién eres. Sin más, sin trascendencia, sin horizonte ni ansiedad de futuro, estando aquí y ahora, en este sofá en el que ya me has ofrecido sentarme. No estoy hablando de construir nada, tan solo de un verdadero carpe diem, de un aquí y ahora auténtico, de que esto lo hagamos juntos y no por separado. No te pido que dure, solo te ofrezco que sea de verdad.

Así que voy a besarte despacio, suavemente, mientras mis manos te tientan para ver si respondes a mi intento de abrazo simultaneo.

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