Vuelves

Nos encontramos más de seis años después, a más de 10.000 kilómetros. La última vez que nos habíamos visto fue un día de invierno, de mucho frío. La siguiente ocasión resultó ser en el verano del hemisferio sur, en manga corta y pasándonos continuamente la mano por la frente, el flojo aire acondicionado de aquel edificio no era suficiente para que dejáramos de sudar. En la aduana de un aeropuerto, qué ironía, con los papeles en la mano para documentar quiénes somos. Como si eso nos hiciera falta a ti y a mí. Aunque puede ser que realmente yo no sepa quién eres tú, ni tú quién soy yo, porque si una cosa quedó clara es que para mí, tú no eras quien yo esperaba que fueras, y probablemente a ti te ocurrió lo mismo conmigo.

Te sentí antes de verte. Es la tercera ocasión en que nos ha pasado en estos más de quince años transcurridos desde aquel viernes de un mes de un octubre en que dejamos de hablarnos. Desde aquel momento dramático en que a  mí se me vino el mundo encima porque era demasiado inmaduro para reconocer que lo nuestro no había sido más que la ilusión de descubrir juntos lo que es la vida adulta y que éramos demasiado diferentes como para pasar juntos a la siguiente fase, la de ser verdaderamente adultos. La primera vez que te vi en aquel día de huelga salvaje de metro que me hizo llegar al trabajo combinando mil autobuses que nunca cojo, creí que iba a ahogarme de lo que se me aceleró el ritmo cardíaco, pero sobreviví. En la segunda ocasión hasta me divertí, tú estabas con el que anunciabas en las webs de contactos que hacías tríos y pasabas fines de semana en la playa, y yo estaba siendo seducido y besado por uno de los guaperas de turno de ese local en el que seguro no imaginabas encontrarme. Tu pupila y la mía se volvieron a encontrar este pasado quince de agosto en una noche de verbena madrileña. No hizo falta nada más, con como respondió mi cuerpo ya supe que eras tú. Tú hiciste lo mismo que yo, dominaste tu lenguaje corporal para no revelar que me habías visto, pero al igual que tú, yo también te dejé claro que te estaba mirando. Supongo que la próxima vez seremos capaces de dar el paso y saludarnos y hasta conversar. Lo mismo hasta nos reímos juntos.

Semanas atrás me contaron en un restaurante lejos de aquí que a tu nuevo novio le haces lo mismo que me hacías a mí, que a oscuras, a sus espaldas, cuando le dices que estás trabajando, resultas estar buscando encuentros que estoy seguro no eres capaz ni de disfrutar. Qué curioso, que ahora, apenas trascurridos unos meses, tu nuevo novio me busca a mí en las redes sociales y deja rastro de su visita. Y no ha sido ni una ni dos, sino tres veces ya. ¿Qué querrá? ¿Qué buscará? ¿Qué casualidad estará deseando provocar? ¿Me lo dirás tú? ¿Me lo dirá él? ¿Lo llegaré a saber?

No has dicho nada, pero sé que vuelves por lo mismo que te fuiste, por otro que no soy yo. Te marchaste sin haber llegado porque te dijo sí quien deseabas que te lo susurrara al oído, y ahora que anuncias en público que ese principio ha llegado a su fin, te dejas notar para ver si soy yo el que retoma lo que tú abandonaste. No, así no. Ten valor y ofréceme un café, un paseo, una cerveza, un rato de charla. Habla y di lo que quieres, lo que te gustaría, lo de que de verdad estás pensando o sintiendo. Pero si acudes a mí, que sea por mí, no por ningún otro motivo.

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