Dos rodajas de piña natural

Me he puesto ciega tía. Me he pasado. Y mucho. Me voy a poner gorda como una ballena. No como una foca ni como una orca. Sino como una ballena que es más, mucho más. Me estoy poniendo tan oronda que no voy a ser capaz ni de ser agresiva. Y no es que coma mal. Que las cosas fritas ni las toco, ni el queso, ni la pasta. Pero esto de los bufés libres, bufés, sí, soy incapaz de pronunciar buffets sin que parezca que tengo frenillo o hacer pensar a los que me escuchan que soy un aspersor a dos patas. Pues eso, que no dejo de llenarme el plato cada vez que me levanto. Y lo pienso, no creas que no me doy cuenta de que esas no son maneras de comer. Qué cantidades, cuando luego en mi casa a solas soy como un pajarito. Hambre no paso, sé elegir qué y cuánto para no estar ni gorda ni flaca, ni sílfide ni excesiva, sino en mi justa medida de ancha, de alta y de contorno. Pero es verme en uno de estos sitios y combinarlo todo, brócoli al vapor, sushi, pollo a la plancha y unas berenjenas asadas, y para empujar un panecito de esos de color negro. Y acabo y me levanto y voy a por más, atún en escabeche, maíz, mejillones y quinoa, que ahora está de moda y la traen desde Bolivia, con remolacha. Me lo argumento fácil, que total, casi todo son verduras, el brócoli no son más que gases, el sushi similar porque cuando como japonés evacúo a la velocidad del rayo y no me da tiempo a asimilarlo, y el pollo son proteínas y eso en cuanto vaya al gimnasio mañana por la mañana lo convierto en músculo y volumen.

Pero no, es llegar a la habitación y la hija puta la ventana me arroja a la cara mi reflejo. Qué verbo tan apropiado, me arroja. Porque es así, tal cual. No es que me muestre mi imagen. No. Es desnudarme y de repente activa su photoshop y las leyes más arbitrarías de la física para que yo me vea como una pera. Con unas caderas que ni Beyonce y un flotador en torno a la cintura del que podrían estar alimentándose unas cuantas sanguijuelas una larga temporada. Naturaleza disfuncional que hace que estas se alimenten chupando sangre en lugar de grasa subcutánea. Y así no va a haber manera de poder hacerme una foto de esas descuidadas en las que está todo preparado para salir con cara de “uy, me has pillado” y comenzar a recibir cienes, miles de “me gusta” en instagram, llegar a convertirme en una solicitada de las redes sociales, y de las marcas de moda que te regalan pantalones, zapatos, calcetines, slips, camisas, camisetas, gorras y abalorios varios y variados para que te los pongas antes de que hayan llegado a las tiendas (aunque yo creo que a veces te usan para promocionar las rebajas sin avisarte). Con las ganas que tengo yo de lucir sonrisa sin haberme gastado un duro en el dress code al que le sirva de maniquí.

Así que, ¿sabes qué haré mañana cuando baje a desayunar? Dejaré corrida la cortina –que no mi dignidad- para que al volver no me sienta culpable por haberme tomado mis dos rodajas de piña, natural, nada de bote, un café con leche, bueno, no, cortado, un plato de huevos revueltos, un zumo de naranja natural y dos tazones de cereales, uno con leche de soja y otro con leche de almendras. Y mañana, en lugar de subir a instagram una foto saliendo de la ducha, coloco mi “bodegón gastronómico de buenos días” y santas pascuas. Y ahora, Jennifer, te voy a colgar e irme a dormir, que es muy tarde. Hablamos mañana. Que descanses.

Qué mujer esta, que no me corta y me tengo que inventar unas historias para llenar sus silencios…

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