La mañana del día después

Me duele el cuello. Y la cabeza. Resaca. Anoche bebí demasiado. No tanto. Solo cerveza. Pero supongo que el cansancio me pasó factura. Es lo que tienen los viernes. Es mejor quedarse en casa, descansar y salir el sábado. Que ya vamos teniendo una edad. Pero fue él quien me llamó. Que me escribió, perdón. Un whatsapp. ¿Nos vemos hoy? Le dije que sí. Hoy se va de viaje y para cuando vuelva yo me habré ido. Y para cuando yo esté de nuevo aquí, él se habrá marchado otra vez. Como Chenoa y Bisbal, pero sin música ni declaraciones en chándal.

El tío es majo. Y no besaba mal. Aunque yo lo hago mejor. Las cosas como son. No pensé que me fuera a gustar, pero sí, fue agradable. Un morreo de esos que te hacen maullar por dentro. Miau. No te pasa eso con todo el mundo. Cuanto tío guapo hay por ahí que más que boca parece que tienen una caverna en la cara. Un hueco en el que por más que ahondes no encuentras nada, ni una lengua. O esos que en lugar de lengua tienen una esponja sin escurrir. O todo lo contrario, papel de lija.

Si me hubiera dicho de irnos a su casa creo que le hubiera dicho que sí. La verdad es que yo no pensé en proponérselo. Me daba mucha pereza. Mucho menos venir aquí a la mía. Luego lo mismo no se va tras haber acabado y a ver qué haces. Y eso si te sale un buen polvo. No me preguntes por qué pero no veo yo mucha química entre él y yo. Buen rollo sí. Pero química no. Y es guapo, pero no sé yo si desnudo lo seguirá siendo. Y si llega el momento y es que no y te ríes, pues bien. Pero cuando está de Dios que sea que no… hay gente que se pone muy borde. Y yo lo que quería era dormir, que estaba muy cansado.

Necesito un ibuprofeno. Y una infusión. O un café bien cargado. Para asegurarme que tengo el estómago en su sitio. Que no es la primera vez que me pongo a desayunar estando así y me pongo malísimo. Arranco a sudar. Y me entra frío. Como si me diera una bajada de tensión. Muy dramático todo. Creo que los pinchazos que estoy teniendo en la parte de atrás de la cabeza, donde dicen que tenemos el cerebro primario, ese que nos viene de cuando andábamos a cuatro patas como los reptiles, son los ecos de la conversación de ayer. De escucharle. De prestar atención a su soliloquio. Anoche me parecía divertido. Tiene su punto el muchacho. A lo mejor era el porro al que le daba unas cuantas caladas entre cerveza y cerveza lo que le hacía estar gracioso. Hasta que se puso a hablar de su ex. Qué aburrida la gente cuando se pone a hablar de sus ex. O exes. No tengo claro cuál es el plural.

Pena no haber grabado todo con el móvil para luego transcribirlo. La vida está llena de monólogos que no sé muy bien por qué no convertimos en piezas teatrales. Un día lo voy a hacer. Pego la oreja, lo escribo, lo edito y lo llevo a una sala de microteatro. A ver si me programan. O me auto publico. En papel y en  digital.

Él venga a largar y largar, y yo a escuchar y escuchar. No me cuentas nada me decía. Si es que tampoco me apetece contarte nada pensaba yo para mí. Para qué, si esto no va a llegar a ninguna parte. Y como no hablaba, bebía y bebía sin parar. Lo que no sé es cómo aguanté tanto rato sin ir al baño. Con lo diurética que es la cerveza y la poca resistencia que tengo yo para la cosa de la continencia. Así fue como nos besamos. En un vaivén. Cuando bebo la falta de reflejos me deja un poco sordo. Tuvo que acercarse un poco más para que le entendiera. No sé si le besé yo, si me besó él, si nos besamos o si sencillamente fue que nos tropezamos. Me tocó el culo. Y yo me dejé. Que para eso hago sentadillas en el gimnasio y me pongo vaqueros slim fit.

Y ya. Eso fue todo. Nos tomamos otra en otro sitio. Con ganas, sí. Lo dicho, buen rollo. Pero con desgana. No había ganas de encamarse. A lo mejor es que él estaba más borracho que yo. El mezcló. Yo no, al menos me mantuve fiel a eso. Otro beso, en los morros, y adiós. Pues hablamos. Sí, sí, hablamos y nos vemos cuando estemos nuevamente los dos en Madrid. Me quedé dormido en el taxi camino de casa. Qué putada es en esos momentos vivir en un tercero sin ascensor. Recuerdo que una vez subí hasta el cuarto. Y hubo otra en que intenté entrar en el segundo. Pero la llave no entraba. Pobre vecina. Menudo susto de muerte debió llevarse.

Tenía que haber dejado el móvil en silencio. Las notificaciones de mensajes suenan como un martillo. Peor, como un taladro, que es más intenso y más mortificador.

Lo pasé muy bien ayer, espero nos vemos en un par de semanas.

¡Coño! ¿De verdad? Esto no me lo esperaba. Ya veré qué le digo. Ahora me voy a la cocina. O a la ducha. No sé muy bien qué es lo que más me conviene. Qué dolor de cabeza…

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