Bailas

Escuchas música que sientes que estiliza tu figura. Te sientes sexy cuando suena. Ágil, capaz, tremendamente seductor. Flexible, dominando cada centímetro de tu cuerpo, transformando tus formas, correctas proporciones y justos volúmenes en una imagen rotunda e hipnótica allí donde bailes, camines o hagas presencia a su son. Resultas armónico, casi estético diría. Tus primeros pasos, tu entrada en juego, tu aparición en escena transmiten espontaneidad, la naturalidad de aquello que tiene gracia, que es fluido.

No es solo una cuestión de técnica, de horas de práctica y muchas más frente a la pantalla grabando en tu retina las instrucciones que posteriormente tu cerebro le da a tu cuerpo hasta hacer de sus movimientos una respuesta automática a cualquier canción que se haga sonar cuando estás presente.

Es también un don, el de ser capaz de percibir lo que hay detrás, de entender el ritmo y de cómo los instrumentos dialogan, unas veces entre sí y otras al unísono, unas veces entre ellos y otras para su público. Y tras esa innata comprensión, poner el cuerpo a su servicio, hacer de él un medio, el vehículo creativo a través del cual hacer llegar a quien te ve y escucha sensaciones, emociones, sentidos y significados, de provocarle el deseo de seguirte y de acoplarse a ti. De ser las pinceladas cuyo trazo nervioso y locamente preciso se acompase al de las tuyas sobre el lienzo del escenario del momento, de convertirse en la línea curva que continúe el meandro de tus sinuosidades, de ser las innegables afirmaciones que den respuesta precisa a tus oferentes propuestas.

Da igual que estés vestido, se nota que bajo los pantalones negros hay unos muslos turgentes, unos músculos potentes y una anatomía que resulta atractiva tanto por su aspecto como por su capacidad. La potencia de la piel que deja ver tu ajustada camisa abierta no es solo por esa uve que forman tres botones abiertos, sino por el reposo que la luz se toma un centímetro antes de posarse sobre tu porcelana blancura. Haces que deje de estar gobernada por las leyes de la física para pasar a ser un actor secundario de este espectáculo que es ser testigo de ti.

Quién diría que algo tan frío como el metal de la hebilla de un cinturón podría ser el sinónimo de la más excitante sugerencia, de una sensualidad que agita la naturaleza, provocando un tórrido calor, una pasmosa quietud y una imparable subida de la presión atmosférica ante su visión. Ejerces sobre quien te mira el mismo dominio que tienes de ti. Quien te ve te anhela, está dispuesta a entregarte lo mismo que consigues de ti, todo.

La música utiliza unos segundos de silencio para marcar un punto de inflexión. Solo se escucha el minutero de un imaginario reloj y las aspas de un inexistente ventilador. Tú decides lo que habrá de ocurrir a continuación.

La lentitud con la que vuelves a moverte me estremece. Tu ondular me hace vibrar.  Tu velocidad me arrasa. Tus ojos son fuego. Tus labios humedad. Tus gotas de sudor el torrente que me arrastra. Tus brazos abiertos el aire caliente que casi quema. El golpear de tus pies sobre el suelo hacen de la tierra el lugar en el que estamos. Tú gobiernas. Tú mandas.

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