Tu poliamor me rompió el corazón, quiero ser el único o el Jägermeister nos hará libres

Le pregunté si recordaba cómo nos conocimos y no dijo nada. Él sabía que, si decía “sí”, malo, y si decía “no”, malo también, así que se limitó a mirar el suelo, me volvió a mirar, miró otra vez el suelo y volvió a mirarme para acabar asintiendo con la cabeza. No voy a entrar en detalles de cómo nos conocimos, pero, para que os hagáis una idea, acabé compartiendo cama con él y con el chico que le acompañaba, el otro.

No sé cómo lo hizo, pero me convenció.

A todo esto, debo dejar claro que yo no quería hacer nada con el otro, solo quería estar con él, pero para estar con él debía pagar prenda, y esa prenda era soportar las babas del otro por mi espalda, por mi cuello o por donde al otro se le antojara.

Si hay algo en lo que soy bueno, es en poner caritas y ojitos follando. Sí, como lo oís; puedes saber lo que estoy diciendo o lo que estoy pensando por mi cara o por mis ojos mientras follo, y, esa noche, mi cara y mis ojos le decían a él que aquello no me gustaba nada y que si estaba haciéndolo era solo por él. Él estaba tumbado, yo sobre él, él dentro de mí, mi cara sobre su cara, y el otroel otro hacía lo que podía (o lo que yo le dejaba) por detrás. Él leyó mi cara y lo dijo, dijo en voz alta que no le hiciera eso, que no le pusiera esa cara porque le hacía sentir culpable. ¿Os he dicho que también soy bueno en hacer sentir culpable a la gente? Pues eso, que conseguí que él se sintiera mal por hacerme pasar por aquello a cambio de estar con él. Tampoco voy a entrar en detalles de cómo acabó la cosa, pero, para que os hagáis una idea, acabé desembarazándome del otro con cuatro sencillos movimientos de muñeca, un mordisco en el culo y un acertado y susurrado “córrete, cabrón”. Después de corrérseme el otro en el hombro, me centré en él y, a punto de acabar, paré y dije “vámonos a casa”.

Ni se lo pensó.

Desde entonces, fueron cuatro años con él. Cuatro largos años acompañados de relaciones paralelas consensuadas, permitidas.

Éramos tres: yo, el otro y el de la moto. El otro era insoportable, mi némesis; el de la moto, en cambio, me caía bien. A veces, hasta me llevaba a la facultad, pero seguía siendo otro.

Palabrita del niño Jesús que no quiero entrar en detalles de cómo fueron esos cuatro años, pero, para que os hagáis una idea, aquello era lo más parecido a un programa de televisión de talentos: yo, el otro y el de la moto éramos los aspirantes al premio y él hacía las veces de Simon Cowell. Competíamos por la atención porque, entre tres, el tiempo con él era más que limitado, así que, un día, le propuse una noche en grupo. Aquello no era nada nuevo; dentro de las “normas establecidas” cabía la posibilidad de estar los tres y él si todos estábamos de acuerdo, y, por supuesto, todos estábamos de acuerdo: él porque disfrutaba de su harén al completo y los tres porque, si te negabas, era como perder cien puntos de tu casa en Hogwarts.

Juro por mi vida que no quiero ni voy a entrar en detalles de cómo sucedió todo, pero, para que os hagáis una idea, si completas media botella de Jägermeister con desatascador y lejía, el olor de los químicos es imperceptible, y, además, al cuarto vaso de Jäger bien frío aderezado con agüita del Carmen, los espasmos comienzan con suavidad y no son muy escandalosos; en menos de diez minutos, el otro y el de la moto se calmaron para siempre.

En cuanto a él (que, por cierto, no bebía Jägermeister), creedme si os digo que no voy a entrar en detalles de lo que ocurrió después con él, pero, para que os hagáis una idea, le pregunté si recordaba cómo nos conocimos y no dijo nada. Él sabía que, si decía “sí”, malo, y si decía “no”, malo también, así que se limitó a mirar el suelo, me volvió a mirar, miró otra vez el suelo y volvió a mirarme para acabar asintiendo con la cabeza. Después, dijo entre sollozos “El otro y el de la moto no son nada para mí, yo te quiero solo a ti”. Y ahí fue cuando le hundí el cráneo con la botella de Jägermeister (porque las botellas de Jägermeister son duras de cojones) y, al acabar, me salió la vena folclórica y dije “ahora es tarde, señora”.

Y eso fue todo.

 Por cierto, agente, ¿puede aflojarme un poco las esposas?

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