En blanco

Completamente en blanco. Nada que decir, no se me ocurre nada, absolutamente nada que contar, que relatar. No me viene a la mente ningún recuerdo. Como si no tuviera pasado, como si todo diera igual, así me siento. Lo mismo da ayer que hoy o mañana. Se ha detenido el tiempo, la tierra ya no gira alrededor del sol, el termómetro marca la misma temperatura desde hace ni se sabe.  A lo mejor no es que yo esté en blanco, sino que aquí no ocurre nada, no pasa nada. Y quizás no pasa nada porque no hay nada de interés que pueda acontecer. Es una sensación de soledad, de falta de sentido, sin referentes, sin metas, sin motivación alguna. No es ni bueno ni malo, es y no es. Es también falta de consciencia y de conciencia. Quizás sea eso que llaman tener la mente en blanco, una oportunidad de dejar que surjan cosas, palabras, pensamientos y propósitos que no se habían dicho, que se habían callado y ocultado o que sencillamente no estaban, no existían.

Blanco es el color del sol cuando te ciega, cuando le miras de frente, le retas y él te puede. Intentas abrir los ojos y no ves nada. Lo único que eres capaz de describir es esa luz apabullante, un blanco infinito que ni siquiera percibes, que no notas ni sientes, estás a su merced, te inunda y te ahoga. Trescientos sesenta grados de blanco deslumbrante, de una intensidad que arrasa con tus pupilas y llega hasta el cerebro arrasándolo todo a su paso, con los recuerdos y con la percepción presente. Te asusta y te llena de miedo, por un instante, una milésima de segundo crees que estar ciego debe ser algo así. No es estar a oscuras y envuelto en negro. No, es algo más irónico, casi cruel. Es verlo todo así, creyendo que puede ser pasajero, que es cuestión de tiempo que vuelvas a percibir formas, colores, tonos, texturas… Y sí, es momentáneo, son solo unos segundos, un breve trayecto, un recorrido tan corto que no produce más que una breve impresión, apenas un amago de dramatismo que tiene incluso algo de excitante.

A través de la venta abierta escucho una canción. Son los vecinos de arriba, siempre con la música a todo volumen, pero no me importa, es más, me estimula. Es como un juego, a ver si la descubro, si la conozco. Y esta me la sé. A lo mejor no suena realmente y es mi cabeza que la repite sin más. La tengo grabada a fuego, no sé sé cuántas veces la habré escuchado a lo largo de mi vida, decenas, centenares, miles de veces, ¡miles de miles! Y entre la letra y como es cantada… Es un momento como este, en que da igual el tiempo que transcurra que el reloj no avanza. Su voz es tan lánguida, estira tanto cada sílaba, cada nota, diciendo que es una tarde en la que no le apetece hacer nada, que no es capaz de nada y que no va a hacer nada. O eso quiero creer yo que dice la letra…

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