Sábado 08:30 a.m.

Cuesta salir de entre las sábanas, más ahora que vuelve a ser necesario dormir tapado. Desperezarme, conseguir que sean las piernas las que me lleven de un sitio a otro de mi casa en lugar de ser yo el que las arrastra. Estiro este momento, lenta y perezosamente, dando vueltas en la cama, abriendo los ojos hasta acostumbrarse a la oscuridad total en la que tengo por norma dormir. El primer esfuerzo es para acercarme hasta la ventana y subir la persiana, dar media vuelta y dejarme caer de nuevo sobre el colchón. Entra la luz del sol a través del cristal, es placentero notar su calor y su invisible tacto sobre mi piel.

Como aún no hace frío me quito la camiseta y me dejo acariciar por ella, por la luz, es una sensación muy agradable. Sin relojes, sin prisas, sin ruido alguno, pensando en nada, no pensando siquiera, no siendo más que este instante tan placentero. Luz y calor. Moviéndome ligeramente, dejando de estar boca arriba, girarme suavemente hacia la derecha y quedarme apoyado en ese costado. Recibiendo la luz sobre mi cara, mi pecho y mis piernas. Mis pupilas reaccionan al estímulo y cierro los ojos, cegado por el amanecer. Espero unos segundos y los abro para mirar directamente a ese círculo de fuego en torno al cual giramos y marcamos nuestro ritmo vital. En esta época del año mis ojos ya son capaces de resistirle, pero disfruto notando como, de alguna manera, atraviesa mis párpados. Es como si la luz no se quedara solo en la superficie y me llegara dentro, muy dentro, activándome, despertándome de verdad, insuflándome energía vital, ganas de algo que no sé muy bien qué es, pero que me gusta, me place, me agrada, me estimula.

Es de esos pocos momentos en que me siento en comunión con lo que pasa a mi alrededor, en que no sólo me dejo llevar, sino que algo que no soy yo me desplaza entre sensorial y espiritualmente a un lugar etéreo y sin coordenadas materiales, que no existe tangiblemente, pero que es real, que está si no lo busco, que noto su caricia si permanezco quieto, que lo escucho si no emito sonido alguno. Una calidez que me arropa y me envuelve, que me abraza suavemente, pero al tiempo con fuerza y decisión, con la seguridad y certeza de estar haciendo lo que corresponde, lo que tiene que ser, lo que debe ser, lo que es natural, lo que le da su esencia y carta de identidad a este momento, a este lugar, a mí, a todo.

Un instante aparentemente insignificante, quizás apenas unos segundos, pudiera ser que unos minutos, pero que es importante, tiene significado, resulta trascendente. Ahora no hay tareas que hacer, llamadas que atender, correos a los que responder, reuniones que preparar, agendas que organizar, viajes que reservar, presupuestos que revisar,… Silencio, un silencio hondo, dueño de este espacio, escultor del vacío que ocupa el aire, transformista de lo que hay dentro de la materia que es mi cuerpo, capaz de hacer conmigo lo que ni yo mismo consigo en muchas ocasiones como es llenarme de tranquilidad, de calma, de paz. De un profundo sosiego que funde en negro mi conciencia y del que despierto relajádamente tiempo después.

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