Espera

Ve más despacio. Me estás agobiando. O me dejas hablar a mí también o me retiro. Esto no trata solo de ti, también trata de mí. No te escucho, no te estoy escuchando nada. Te oigo, pero no consigo ir más allá. Vas tan deprisa, todo tan rápido, tanto ruido, sin orden ni concierto que no entiendo nada, no comprendo lo que me quieres decir.

No hay manera de adivinarte siquiera. ¿A dónde quieres llegar? ¿A cuento de qué este numerito? Una vez más, otra vez y van muchas, muchas ya, tantas que cuesta recordarlas. Aunque si me pongo a marcarlas en un calendario soy capaz de señalarlas. Todas, una a una, no se me escaparía ninguna, ni una. Los días de tus excesos verbales, tu voz levantada, tu tono sarcástico y rotundo, pretenciosamente amenazadora, marcados con rotulador rojo, como si fueran fiestas de guardar, tantos como pastillas me has hecho tomar para el dolor de cabeza, como tardes o mañanas en que intentaste joderme, que se me quitaran las ganas de ir al cine, de leer o de salir a dar un paseo o a tomar o hacer lo que fuera con quien me diera la gana. Días de fiesta llenos de fuegos artificiales y petardos, rayos y truenos, y muchas, muchísimas ganas, casi la necesidad de mandarte a la mierda.

No pretendas hacer de tu impotencia mi fuente de ansiedad. Todo por ser el centro de atención, no hay línea roja que no te saltes con tal de que todos estemos pendientes de ti. Los demás te damos igual, que estemos bien o mal, felices o contentos, satisfechos o ilusionados,… Eso no importa, tú quieres más y más, más de ti y para ti, más atención, más sumisión, más obediencia. Y no se te puede dar nada. Basta con que se te ofrezca un grano de arena para que demandesr un desierto y si no se te pone a los pies, te conviertes en una tormenta que lo arrasa todo a su paso. ¿A cuento de qué? ¿Por qué? ¿Para qué? No contestes, da igual lo que digas. No vale nada lo que digas. No es creíble. Es un otra vez, un eso ya lo he escuchado. Podrías decirlo en playback, tú mueves los labios y yo pongo la voz. O ni eso, basta con esa mirada inexpresiva que tienes ahora mismo, lo dice todo, un todo que no es nada.

Déjame. Necesito silencio. Hasta que no escuche el aire que debiera entrar en esta habitación a través de las ventanas no pienso volver a este lugar, a este extraño mundo en el que estás tú también. Y para ello necesito que te vayas, que salgas de aquí. Mientras sigas presente el vacío no va a tener sitio. Tú lo llenas todo, lo ahogas, lo consumes. No hay resquicio por el que se pueda escapar de ti. No hay dirección en la que avanzar en cuya ruta no te sitúes como una barrera, como un muro gigante impidiendo el paso de cualquiera. Y lo sabes, sabes perfectamente lo que haces y el efecto que causas. Seguro que hasta disfrutas con ello. Pero no eres tan fuerte, ni tan eterno. Mal que te pese también eres humano, también tienes tus puntos débiles, también eres un mierda. A ti también se te puede hacer sentir mal, que no vales para nada, que eres incapaz.

Resulta sórdido estar cerca de ti, tiene algo de sucio, de desorden, de irrealidad. A veces me pregunto quién está más enfermo y quién es más dependiente. Si tú de mí o yo de ti.

 

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