Querido Terenci

Estos días he estado en Barcelona y he pasado nuevamente por delante del portal en el que naciste, el número cinco de Joaquín Costa. De ahí salías siendo un niño para adentrarte en los cines que seguro entonces estaban cerca de tu casa para practicar esa pasión en la que muchos nos vimos reflejados leyendo tus Mis inmortales del cine. Primero como un serial en las páginas del Blanco y Negro que devoraba cada domingo y luego ya como un libro editado tal y como Dios mandaba y tus editores consideraron.

No ha sido esta la primera vez que he pasado por tu puerta. Hace un par de años, en un viaje anterior, un alter ego de Lleonard Pler me indicó qué sitio era este en tu biografía. Cosas del destino, encontré hace poco al Pler original, al literario, al de El sexo de los ángeles. Fue en el rastro de Madrid, por tan solo dos euros me lo llevé conmigo. Una edición de no sé qué año, de esas de cuando se puso de moda comprar los libros en los kioskos en lugar de en las librerías. Una disculpa, un título pendiente para ver nuevamente el mundo a través de tus ojos, para sentirse invisiblemente seducido, para gozar como lo hacías tú, para soñar con los canallas de una villa condal que quizás existe pero que probablemente solo adopte ese estilo de tipo de vida y esa manera de dejarse sentir cuando los que la visitamos no estamos en ella.

Algún día tendré que volver a leer tus Garras de astracán, tus Mujercísimas y tus Chulas y famosas, que con pocas novelas me he reído tanto como con ellas. Llegando a soltar carcajadas en un vagón de metro atestado de personas sudorosas, agotadas por el calor del asfalto y de los meses estivales, que nada tenían que ver con esas folklóricas, revisteras, aristócratas, teatreras y reinas del papel cuché tan absurdas, locas, disparatadas y reales con que las poblaste. Muchos les cambiaron los nombres que tú les habías puesto por los de viudas de toreros, copleras con bigote, sucedáneos de actrices que cada verano realizaban un posado oficial en bañador ante los fotógrafos de la prensa rosa, delgadísimas que decían haber visto a la Virgen, estar en el candelabro o enamorarse como la dama y el vagabundo de empresarios con -¡oh desgracia!- cuentas corrientes de tamaño extraordinario.

Lo harías por vanidad, puede que por el dinero o quizás sea cierto que es un concurso en el que gana el mejor, pero aquel No digas que fue un sueño por el que te dieron el premio mejor pagado de este país dejó grabadas en mi memoria imágenes que no sé dónde eran más salvajes, si en tus páginas o en mi imaginación cuando las recreé por primera vez. ¿De verdad Cleopatra mandaba armar filas a sus tropas, les pedía que se desnudaran, se paseaba entre ellos y entonces elegía a aquellos con los que quería pasar esa noche? Te supongo bien documentado, pero en este caso creo que era más tu deseo –incluso el mío- de llegar a poder protagonizar una escena así la que te llevó a escribir tan poderosa fantasía. ¿Llegaste a hacerla realidad en alguna ocasión? Yo me pasé haciendo mil versiones diferentes de ella en mi imaginación durante toda mi adolescencia. Ni un día ni dos, años, durante años.

O como esa Venus Bonaparte ya desdibujada en mi memoria y que no hay manera de encontrar reeditada, aunque fuera sin la reproducción en su portada de la figura que a mayor gloria de la hermana del emperador francés esculpió Antonio Canova. Es imposible no acordarse de ti y de los grandes excesos que, según tú, cometía esta señora un día sí y otro también, cuando se visita la Galería Borghese. También es cierto que Roma destila vicio en cualquiera de sus plazas, calles y monumentos. Será una conjunción astral o será el legado del Imperio, la prolongada huella vaticana o el descaro con que Sofia Loren, Claudia Cardinale o Anna Magnani paseaban sus escotes hace medio siglo por la Vía Veneto. Justo cuando tú comenzaste a visitarla y quedaste tan extasiado como profundamente enamorado, como bien contabas en tus Crónicas italianas, de su desnudo neorrealismo, su exultante barroco y su perfecto clasicismo.

Me voy pero será cuestión de tiempo que haga contigo cosas que no se puede hacer con otros, como es revisitarte (tus memorias, El peso de la paja, me miran siempre a los ojos en la pequeña biblioteca de mi casa preguntando cuándo volverán a estar en mis manos) y visitarte por primera vez (tus títulos egipcios hasta ahora no me han llamado lo suficiente aunque ya hice un, llamémosle así, acercamiento con Mundo macho).

Y poco más que añadir, que me voy, pero volveré. Je retournerai pour te dire je t’aime que dije una vez en París a la puerta de un local nocturno cuando era mediodía.

¡Ay Terenci, ay Moix!

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