La hora de la siesta

Son las tres y media de la tarde y el aire acondicionado no funciona. Dentro de casa hace aún más calor que en la calle. Hace ya horas que el termómetro pasó de los treinta grados y si no llega a los cuarenta es porque le falta energía para seguir subiendo hasta esa cifra. Fuera no se mueve nada, un silencio aplastante que reduce a la inexistencia el ruido del poco tráfico que se atreve a violentarlo. Tumbado en la cama, entre adormilado y extenuado por esta calma chicha de después de comer, oigo el lejano zumbido de esos escasos tubos de escape como si fueran una mentira, una ilusión, un sueño con los ojos abiertos que no estoy teniendo.

En ese trance estoy cuando me asalta tu recuerdo, las ganas de ti, de desear que pases de ser un anhelo a una presencia real. Que lo que ahora son kilómetros imaginarios queden reducidos, si acaso, a unos centímetros al alcance de la mano; que este vacío pase a tener la magia de tu impresionante cercanía. No sabría definir ni describir quién o cómo eres, pero sí sé cómo me siento y el efecto que provocas en mí cuando te veo y te escucho, cuando comparto mesa o paseo contigo. Me gusta lo que sucede en mi interior, algo íntimo, un eco grave y profundo que retumba y resuena produciendo una calma que inicialmente intimida y asusta por lo que tiene de desconocido. Pero tras esa primera onda llega el sosiego de lo que es auténtico y cargado de posibilidades, tan poco frecuente que quizás albergue dentro de sí la potencialidad de ser único.

Mi piel ya no es ese guerrero que tiempo atrás anulaba a la razón y la conciencia clamando lucha, insaciable, exigiendo verse de continuo en el fragor de la batalla. Ahora es más bien una balanza en la que suele haber equilibrio entre los instintos y las sensaciones, entre el placer y el disfrute, entre los gemidos y la conversación, con espacio suficiente incluso para que, si así se da, surjan las emociones.

Una excitación tranquila, apaciguada por los años, por la experiencia de impulsos que no llegaron a ninguna parte, por la serenidad que dice que lo cocinado a fuego lento queda mejor hecho y más sabroso, que genera recuerdos que perduran hasta hacerse identidad y biografía. Abrigos en la memoria que atenúan la ansiedad de este presente al que siempre parece que le falta algo, pequeños manantiales que generan satisfacción y orgullo de lo vivido y sentido, motivos de esperanza e ilusión ante esa página en blanco que es lo que está por venir.

Miro el techo e imagino. Busco formas en las caprichosas manchas de luz que sobre él crea el enrejillado de la persiana al filtrar el fuego del sol. Nada concreto y todo a la vez, sin coordenadas de tiempo ni de espacio. En mi mente se forman breves imágenes, instantáneas fugaces, flashes, planos cortos de lo que podría ser una sonrisa, un mano agarrando otra mano, un beso, un quedarse prendados mirándose, un abrazo de dos cuerpos que se funden, de dos personas que se dan refugio, que se ofrecen nuevas oportunidades, que se guían por nuevos espacios y descubren juntas mundos hasta ahora desconocidos.

Son ya las tres cuarenta de este tórrido viernes del mes de julio y no consigo dormir, solo imaginar.

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