Los monstruos no existen, los creamos nosotros

Por aquello que fue y nunca debió haber sido

Sábado. 9 de julio de 2016. Pablo abre la puerta despacio, con miedo. Observa durante unos instantes la habitación, y cuando lo cree oportuno se sienta en su silla. Vuelve a pasear su mirada por las paredes para, poco tiempo después, fijarla en la grabadora. Con un gesto de su cabeza me da permiso para empezar a grabar lo que está a punto de contarme. 

“Los monstruos no existen, los creamos nosotros. Usted pensará que empezar así una conversación es una licencia literaria que me he tomado, pero es la verdad. He escuchado tantas excusas a lo largo de mi vida que he acabado por darme cuenta que eso es la verdad. Los monstruos no existen, los creamos nosotros”

Pablo tamborilea con sus dedos en la mesa

“Usted quiere que yo le cuente mi historia con Jaime, ¿verdad? Cada vez que me lo preguntan pienso en si dar la versión resumida o la versión íntegra, la que contiene los detalles escabrosos. Supongo que usted quiere la segunda opción así que allá va”

“Jaime me conoció en el mejor momento. Yo no pasaba una buena racha, y él se aprovechó de eso. Me hizo creer que le necesitaba, que sólo él podía sacarme de las garras de esa sensación que cualquier psicólogo hubiera llamado “depresión”, pero que yo simplemente definía como apatía. Las primeras veces que quedamos hizo todo lo posible por presentarse como un buen tipo, como uno de esos chicos a los que llevarías a tu casa a la primera de cambio para presentar a tu familia. Un hombre perfecto. Sin fisuras. Que lo da todo por ti y que no piensa en otra cosa que en hacerte feliz. Esa fue la primera fase de la creación del monstruo”

Bebe un poco de agua. Resopla al dejar el vaso en la mesa, pero continúa hablando. 

“Alguien podría decir que tenía que haberlo visto. Que cómo era posible que no me diera cuenta. Pero en aquella época yo casi no veía ni la imagen que me devolvía el espejo. Y cuando al principio Jaime me decía que no podía quedar o que se iba de viaje de trabajo, yo creía que era algo normal, rutinas, circunstancias que todo el mundo tiene en momentos de su vida. No iba más allá. Hasta mi primera visita al médico. ¿El nombre? Ladillas”

“Fui un ingenuo. Creí lo que me dijo. “No sé de dónde han podido salir”. “Seguro que ha sido alguien del trabajo”. “¿No te habrás acostado con nadie, verdad?”. Y yo le miraba como intimidado mientras él se reía de forma nerviosa, como si no fuera posible que él pensara que yo le había engañado. Olvidándome de que podía ser bidireccional. Fue en la época del Gaydar. ¿Se acuerda? Y fueron pasando los meses y todo parecía calmarse. En todo caso, una calma tensa que esperaba el momento oportuno para hacer saltar todo por los aires. Sucedió en la segunda visita al médico. ¿El nombre? Sífilis”

“La enfermera me dijo lo siguiente: mira siempre primero lo que te metes en la boca. Eso había hecho. Por eso nos sumergíamos en una batería de pruebas que, al final, a mí me dieron negativo y a él positivo. Así fue como empezó el final. Como ya nada pudo evitar que supiera lo que era evidente, lo que todos veían, lo que ya todos sabían y nadie había tenido los cojones de decirme. Te ha puesto los cuernos desde hace tiempo, me dijeron. No sabía cómo decírtelo, se te veía tan feliz con él, soltaban con cara de desánimo. Sólo hubo una cosa que no conté nunca a nadie. Y supongo que por eso estoy aquí hoy frente a esta grabadora”.

Pablo se revuelve en la silla. Se nota que no quiere recordar lo que está a punto de contarme. Espero, le dejo su tiempo. Cuando termine de hablar, el silencio será tan denso que no sabré muy bien qué hacer. 

“La última noche que pasamos juntos, ese momento que todos sabemos que es el tiro de gracia a la relación, Jaime quiso follar. Yo no tenía ánimo ninguno. Le dije que me quedaría a dormir y al día siguiente recogería mis cosas, me iría por donde había venido, y nuestra historia, si es que alguna vez había habido alguna, se acabaría. Empezó con unos besos que no paré. Lo reconozco. Fue mucho tiempo. Mi cuerpo reaccionaba a su contacto. Poco después le encontré encima, paseando su lengua voraz por mi cuerpo, mientras yo intentaba apartarle. Él me dio la vuelta. Cogió mis manos con fuerza. No había nadie en casa. Sentí cómo su polla quería entrar, llegar hasta el fondo, y cómo mi culo se cerraba con todas las fuerzas que le quedaban. Inmovilizado, sentí el desgarro, la fricción que augura un final que no será feliz. Y lo hizo. Me forzó. Consiguió llegar hasta el rincón más oscuro de mi cuerpo y no paró hasta que terminó. Me pidió perdón, dijo que no sabía lo que le había pasado, que no quería que me fuera, que él me quería. Me levanté de la cama, temblando. Recogí mis cosas. Lo que más recuerdo de aquella noche era el sonido de la maleta chocando contra los escalones, mientras mi cuerpo intentaba llegar a mi casa. Creo que por eso, mucho tiempo después, me cuesta creer. Y es que, como le decía al principio, los monstruos no existen, los creamos nosotros”.

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