Tendría que dejar de escuchar canciones tristes, pero…

Por todas las canciones tristes que tuvieron un final feliz

“Tendría que dejar de escuchar canciones tristes, pero…”

Miro a Álvaro. Esa frase la ha repetido muchas veces. Tantas como historias que han terminado. Una banda sonora que, en varias listas de reproducción, representa su vida. Y con cada una de ellas, las canciones son como pequeños pasos que no le llevan a una casita de chocolate con bruja incluida sino a una noche de lágrimas y llamadas telefónicas a horas imprevistas.

“Tendría que dejar de escuchar canciones tristes, pero…”

Cierro los ojos y sigo viendo a Álvaro. Como si fuera un sueño. Él con su mirada perdida en las aceras frenéticas de Madrid. Y le sigo viendo a pesar de no estar a mi lado. Llevo años pensando en él, imaginando que sus palabras me rozan, acarician algún punto intermedio entre los pulmones y el corazón, mientras mi respiración se entrecorta y no sé seguir con mi vida. Y me detengo, en mitad del paso de la gente, mientras él sigue llenando cada uno de los recuerdos que, desde que nos conocimos, hemos ido sumando como amigos.

“Tendría que dejar de escuchar canciones tristes, pero…”

Miro a Álvaro. Estamos sentado en una cafetería. Le observo hablar, rodeado de gente, de aquellos que como nosotros llegamos a una ciudad que nos prometía oportunidades y nos dio trabajos que nos ayudaron a sobrevivir. Le observo en silencio. Moviendo sus manos, haciendo aspavientos hablando del último chico con el que se ha liado la noche anterior, con el que nunca tendrá nada que termine en el final que él espera, y que yo estoy deseando darle. Y le sigo observando, riendo, cuando en realidad lo que me sucede es que quisiera besarle, hacerle callar, mientras todo se queda en silencio.

“Tendría que dejar de escuchar canciones tristes, pero…”

Son las 22:00 de un viernes cualquiera. Llego a casa de Álvaro. Me ha pedido que le acompañe, que no se encuentra bien. Llego a su piso y nos ponemos a ver su película favorita. Hablamos de lo que nos sucede, de la vida que pasa, de lo idiotas que nos volvemos a veces cuando tenemos delante a alguien que nos importa y no le prestamos atención. Callo. Un escalofrío me recorre la espalda. Álvaro mira la televisión apagada. Suspira. Se acerca a su ordenador. Empieza a sonar otra canción triste, de esas que ninguno debe escuchar. Y es entonces cuando mirándome, se acerca y me da un beso que recordaremos los dos siempre, y termina diciendo:

“Tendría que dejar de escuchar canciones tristes, pero me hacían recordar que no estaba contigo”

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