La calle de los astronautas

A M. por no haber desfallecido cuando las estrellas se apagaron

Y él me dijo que sí, que por supuesto. Continuamos andando por aquellas calles que tenían nombre de antiguos generales, o de batallas que lo significaron todo, e incluso de personajes de la literatura que ya nadie recordaba. No sé muy bien cómo llegamos allí, a ese callejón que parecía no tener salida, pero recuerdo que vimos la mesa con dos sillas metálicas al lado de la puerta y nos sentamos. Llevábamos caminando tanto tiempo que estaba sediento y necesitaba recuperar fuerzas.

Y él me dijo que sí, que por supuesto porque. Una caña para él, una Coca – Cola para mí. Me preguntó si me había dado cuenta que, aquella noche, las estrellas brillaban más de la cuenta. Miré al cielo y era cierto. Como si hubieran absorbido la luz de todas las farolas de la ciudad. Como si en aquel instante estuvieran intentando iluminar aquel momento que estábamos viviendo. En esa calle donde dos personas se sentían astronautas en un planeta lo suficientemente extraño.

Y él me dijo que sí, que por supuesto porque no quería. Nos levantamos. Pensábamos en cosas distintas. Me hubiera gustado pensar qué era lo que se le pasaba por la cabeza en aquel instante. Miraba al frente, pero en realidad no miraba nada de lo que había allí, porque se le notaba que se perdía en sus pensamientos. Había aprendido, desde hacía tiempo, a no interrumpir esos momentos en los que se necesitaba a sí mismo, sus respuestas, y a los que yo no tenía acceso.

Llegamos a nuestra calle. Dos portales distintos, unidos por un hilo invisible. Dos ventanas que, incluso cerradas, permitían que las palabras se colaran por las rendijas del cristal. Recibí un mensaje de texto. Lo leí y cerré mis ojos. Pensé en aquella vez que le pregunté si era feliz. Una pregunta difícil. Y él me dijo que sí, que por supuesto porque no quería otro pensamiento al final del día que no fuera yo. Los dos éramos felices. Sólo que yo eso se lo dije cuando abrió su puerta, esa misma noche, para recibir el abrazo que nos había faltado al despedirnos.

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