Despertar escarlata

Mañanas en las que despiertas nublado, con la mente sin recoger, y una confusión que rasura como una navaja sin afilar, torpe e hirientemente, cualquier seguridad preestablecida.

No sé si estoy perdido. Reconozco el camino y donde me lleva el paso siguiente, pero poco más. No sé si debería buscar una luz al final del túnel, o levantarme cada mañana con una pregunta vital y un decálogo de propósitos. ¿Me dejo llevar o me llevan? ¿Por qué hice esto o por qué no dejo de hacer aquello?

Ayer estaba todo claro, con orden y sincronía perfecta. Hoy no actualizo, me rodea el caos emocional, necesito un balance positivo de mis acciones, una idea clara hacía la que encaminarte, un chaleco salvavidas que me ayude a no prestar atención a lo que solo confunde y ahoga, a esa parálisis que me mantiene en un limbo persistente.

Un vacío existencial que me aplasta. Me miro en el espejo del baño y descubro en el rostro un signo de interrogación dolorosamente tatuado. Una desazón inquietante. Como si despertara en Las Vegas con una alianza de plástico en el anular y una partida matrimonial manchada de vino sobre la mesita de noche.

Y duele tanto que intentas eludir los recuerdos silbando para conjurar al remordimiento. Sigues lavando con agua helada tu cara, purificando ideas, enjuagando pensamientos, borrando pruebas. Te repites a ti mismo: Scarlett O´Hara, “después de todo, mañana será otro día”

Y sigues huyendo.

“Corintia corintia corintia corintia”

 

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