Las encinas

No tengo muy claro cuál fue el primer libro que leí en mi vida. Me viene a la mente una biografía de Juana De Arco, pero no estoy seguro, probablemente fuera un artículo en alguna revista que me causara sensación en aquellos tempranos siete u ocho años que debía tener por entonces. Quizás fuera la honda impresión que siendo adolescente me causó la película muda de Carl Dreyer sobre este personaje la que tergiversara aquel vago recuerdo para convertirlo en una falsa historia. Así que si he de atenerme a un recuerdo que pueda decir sucedió realmente, el título que he de mencionar son los Campos de Castilla que Antonio Machado publicara en 1912.

Una edición de bolsillo de tapas verdes formando parte de una colección de clásicos de la literatura universal que mis padres habían comprado poco tiempo antes, confiados en que sería un instrumento fundamental para la educación académica de sus dos hijos. No sé muy bien qué me impulsó a cogerlo la primera vez, pero sin saber cómo ni por qué pasé de hojearlo a leerlo y aquellas poesías se convirtieron en algo de lo que no quise prescindir hasta llegar a su último verso.

Lo llevaba en la mochila al colegio, me gustaba sentir que iba conmigo, que me acompañaba, igual que yo viajaba por su interior leyendo lo que contaban sus poemas. Hay uno que, más de treinta años después, sigue vivo en mi cabeza y recuerdo siempre que atravieso la meseta castellana o cuando paseo por la dehesa del pueblo de mis abuelos maternos, Las encinas. Sus estrofas surgen de repente, sin necesidad de invocarlas, como una voz en off que solo yo escucho cuando miro detenidamente, por la ventana del tren o del bus, ese horizonte plano que se prolonga hasta el infinito o sigo los caminos de tierra por los que el ganado se desplaza de un terreno a otro y veo esos árboles firmes y robustos, ascetas, perennes e impasibles ante el fuego vivo del verano en los meses estivales e impertérritos e insensibles al estrangulador abrazo de la niebla en las mañanas de invierno.

… El campo mismo se hizo

árbol en ti, parda encina.

Ya bajo el sol que calcina,

ya contra el hielo invernizo,

el bochorno y la borrasca,

el agosto y el enero,

los copos de la nevasca,

los hilos del aguacero,

siempre firme, siempre igual,

impasible, casta y buena,…

Lo que fue una lectura por simple placer, años después sería una tarea escolar. Sin embargo, la imposición curricular no pudo con el disfrute de volver a leer ese conjunto de palabras tan bien orquestadas. No sé por qué, para esta ocasión no usé el volumen que ya teníamos en casa y pedí que me compraran una edición comentada. Supongo que por aquello de que ese ensayo de su introducción, que nunca leí, me ayudaría a entender aspectos del poeta que de otro modo creía serían inaccesibles para mí. Un tomo impreso en 1993 que desde entonces ha formado parte de esa pequeña colección de objetos y enseres que me han acompañado de casa en casa en las siete mudanzas que he realizado desde entonces.

No soy lector de poesía. Es un género quizás demasiado etéreo para mí, que siento más basado más en la abstracción que en la acción, que evoca más que crea, que juega con lo etéreo y lo invisible en lugar de crear formas y tiempos como hacen la narrativa y el teatro. Sin embargo, como no hay regla sin excepción, de cuando en cuando vuelvo a Machado y le releo. Me gusta, disfruto con él, me relaja el espíritu, se me llena el pecho de algo que no sé qué es, pero que me hace sentir elevado, ligero. Pasados unos minutos parece que el efecto se acaba, que se desdibuja. Pero no, no es así, deja un poso que se va a ese sitio profundo e íntimo donde se acumula para dentro de un tiempo, Dios sabe cuándo, y al igual que ha sucedido hoy, volver a él.

… Era una tarde, cuando el campo huía

del sol, y en el asombro del planeta,

como un globo morado aparecía

la hermosa luna, amada del poeta.

En el cárdeno cielo violeta

alguna clara estrella fulguraba.

El aire ensombrecido

oreaba mis sienes, y acercaba

el murmullo del agua hasta mi oído…

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