CÉFIRO

Me gusta cuando callas porque así no te escucho. Tu ausencia inunda los oídos de calma. Los pensamientos pierden su trazado caótico. La sangre ya no tiene miedo por llegar a cualquier parte del cuerpo. Uno respira tranquilo cuando desapareces. Ya puedo abrir la ventana, todavía resentida de los golpes de aquellos monstruos ruidosos que habías mandado a visitarme. Veo que la playa vuelve a estar serena, tan serena como siempre debería de haber estado. Apetece incluso pasearse por ella, sin miedo a que esta vez vuelvas a llenarme los ojos de arena y pierda la capacidad de orientarme.

Todavía quedan restos de guerra en las calles, pero las palmeras siguen en pie. Quizás vivir cerca de ellas me haya ayudado a adquirir su resiliencia. El caso es que ya no me secas los labios. Ya no me entorpeces el paso. Ya no calas tu ímpetu en mi cuerpo. Has desaparecido. Quizás no para siempre, pero sí por completo. Y en tu lugar, un céfiro suave y apacible indica que las turbulencias se han acabado. Se acercan nuevos tiempos. Más cálidos. Más plenos.

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