Descanso dominical

Hace frío. Dos infusiones, la calefacción puesta y aún no he entrado en calor. Tumbado en el sofá, no sé si estoy en postura fetal o abrazándome a mí mismo. El sol engaña, se me han quedado heladas las manos al tender la colada. La tele encendida, pero sin volumen, haciéndome compañía. El móvil también en silencio desde hace un rato. Me quedé dormido y el aviso de un mensaje me despertó, después no ha habido manera de recuperar el sueño. Tan cansado que no soy capaz de hacer nada de lo que me apetecería si estuviera lleno de energía. Lo único que hago ahora mismo es pasear la mirada por el lomo de los libros de la estantería: fotografía de William Klein y Pierre Gonnord, pintura de Van Gogh y Monet, un atlas, catálogos de exposiciones,… También veo dos pequeños collages inspirados en Kandinsky que me regalaron estas navidades, esperando a ser colgados, pero no tengo claro cuál es el mejor sitio para ellos.

Cierro los ojos. Los vuelvo a abrir. No hay manera. Sin embargo, tampoco estoy lo suficientemente descansado como para ponerme a leer, aunque creo que esto es una excusa que suelo utilizar cuando el título que tengo entre manos no me apasiona. Me quedo mirando fijamente el efecto de la luz sobre el tapizado floreado del sofá, más claro donde le da directamente, más oscuro donde no le llega. Queda bien esta mezcla entre marrón y violeta destacando sobre el gris de la pared, aunque a lo mejor el día que la vuelva a pintar la cambio a blanco para ganar en luminosidad. Vaya, es justo pensar esto y se nubla. Espero que sea poco rato, si no, no habrá manera de que se seque la ropa. Coraje me daría que encima se echara a llover. Lo que menos me apetece ahora es tener que levantarme corriendo para poner el tendedero a resguardo dentro del salón.

Solo se oye el ruido del poco tráfico de la avenida. El mando del equipo de música no está al alcance de mi mano y me da tanta pereza levantarme que está bien estar así, en silencio. Me basta con recordar acordes de Michael Nyman o Philip Glass. Pasan los años y las bandas sonoras de El piano y Las horas siguen siendo igual de evocadoras que el primer día que las escuché. Me  producen una profunda sensación de fluidez, algo que surge desde lo más hondo y que alcanza cada rincón de mi cuerpo, que no sé hacia donde me conduce, pero por lo que no puedo ni quiero evitar dejarme llevar. Una mezcla entre elasticidad corporal y ser arrastrado por una corriente de armonía que me llena de sosiego.

Quizás por eso voy a hacer un pequeño esfuerzo e incorporarme para buscar ese viejo cd que me regalaron hace doce o trece años mis antiguos compañeros de trabajo y que de repente siento necesidad de escuchar. Uno para momentos como este, de paz y satisfacción interior en el que comenzar con voz suave y atemperada para poco a poco ir alzando el tono y prolongando las notas hasta darlo todo interpretando esta canción que tanto me gusta. Play.

 

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