Early in the morning, I’ll come calling

El atardecer, la playa, Barcelona. Es uno de los mejores donde se puede estar. La gente disfruta, despreocupada y con felicidad. Corre una brisa fresca que hace que el calor pueda ser soportable. El sonido de las olas acompañan y hay un barullo de ruido clásico de esas horas en las que existe un gran movimiento.

Pero empiezo a fijarme en pequeños detalles: Ahora mi mirada se fija sobre un grupo de chicas y chicos que están con la música ensayando coreos en medio del paseo marítimo. Otro grupo de personas les increpan hablando que hacen mucho ruido. La policía se acerca para decirles que, con la nueva ley, esas acciones no se pueden realizar y deberán apagar la música. Se van decepcionados con la caída del sol. La música no podrá ir a otra parte porque en ninguna parte de la calle les van a dejar hacerlo. Castigar el arte que no molesta.

Una familia realiza nudismo al lado, disfrutan del día y la madre hace una foto de espaldas a su marido y a su hijo pequeño. Pura ternura. Un grupo de personas les miran de forma extraña, como si estuvieran realizando algún delito y son increpados por ellos. Finalmente deciden abandonar la playa, casi sintiéndose culpables de aquella situación. Un pudor y vergüenza que obligaron a tenerlo. La mirada sexualizada, el pecado en el observador.

Después, en el otro extremo, nos encontramos con un grupo de chavales que, uno de ellos subido en una caja, se dedica a criticar a la clase política que, por mucho cambio producido en los últimos años, no han conseguido remodelar nuestro país. En este caso la policía los detuvo. Prohibir la crítica, la ironía y buscar dobles sentidos donde no existen. Un sin sentido.

Mirando a mi alrededor me entró una gran tristeza. Cerré los ojos. Me preguntaba ¿Hemos llegado a un punto en el cual un programa como La Bola de Cristal no podría emitirse?, ¿Por qué hemos llegado a crear presagios en cosas inocentes?, ¿Por qué ya no se puede llegar a ironizar o realizar humor negro sin que se convierta en un delito?

Dejé de pensar. Me relajé. Respiré. Espiré y entonces viajé a toda velocidad por mi mente. Viajé tanto. Me relajé hasta conseguir quitarme esa extraña sensación que se había apropiado de mi mente y de mi cuerpo. Llegué a sentir como el cuerpo empezaba a fusionarse con mi mente, a empezar a tener las cosas claras, a regresar a la sencillez. No quería dar más vueltas, no era necesario. Todo lo que necesitaba estaba en mi cabeza, todo el orden de ese mundo que fuera parecía haber perdido el rumbo lo estaba recuperando.

Cuando abrí los ojos estaba amaneciendo. No sé como había podido pasar, había perdido la noción del tiempo y el espacio. Estaba pero sin estar y entonces sonó un tren de cercanías al fondo. Pero, no sé de que forma, distinguí a un chico barbudo de mirada intensa haciendo una foto. Y en esa foto yo, parte de un paisaje, de una playa que a esas horas estaba solitaria. Todo estaba en paz.

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Fotografía: Javipop

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