Como una canción de Fangoria

– ¿Tú te has dado cuenta que mi vida amorosa es como una canción de Fangoria?

En realidad, yo pensaba que se parecía más a una de Camela, pero eso no iba a decírselo. Habíamos quedado en el mismo sitio de siempre, a la misma hora, esa en la que las cervezas ya no están mal vistas, pero pasarte a los gintonics hace que te miren de reojo. Carlos había tenido la enésima ruptura, el mismo discurso de siempre. Chico conoce a chico, chico se enamora de chico, chico pone los cuernos a chico, chico llora como plañidera griega, como abuela en un velatorio de pueblo, como fan histérica por un concierto de su cantante favorito. Y las lágrimas, las rabias, las tragedias vistas hasta la saciedad, se desahogaban entre espuma que bajaba por el vaso y algún que otro cigarro echado en la puerta. Si la vida de Carlos fuera una película siempre hemos dicho que sería cualquiera de Meg Ryan: ya sabes lo que va a pasar, lo sabes, pero aun así llegas al final de la historia y cuando los créditos aparecen, todo sigue igual.

– Vamos fuera que quiero echar un cigarro

No entiendo la facilidad de Carlos para encontrar a lo peor de cada casa. Nosotros le decimos que tiene un imán, que con lo buena persona que es siempre se arrima a los hijos de puta, que lo de que los polos opuestos se atraen es por él, que se lo inventaron antes de que él naciera pero que es por él, porque no es normal que de todos los tíos que hay bailando y rozándose como si fueran perros en celo, él dé con la manzana que está a punto de pudrirse. Pero él la muerde igual, se come hasta las pepitas, como si tuviera un síndrome de Blancanieves con pelo en el pecho o algo parecido. Y nosotros, todos nosotros, cuando nos juntamos para ver qué tal nos ha ido la semana, nos volvemos a casa con la sensación de estar haciéndolo bien, que aunque estemos solteros estamos mejor que él, porque así, al menos, no nos rompen el corazón en mil pedazos cada quince días.

– ¿Tú crees que tengo algún problema, Alberto? Porque yo creo que lo mío no es normal

Y no lo es. Se lo decimos siempre. “Carlos, hazte respetar”. Pero él lo que entiende por “respetar” es “convertirme-en-el-perro-faldero-de-alguien-que-estira-de-la-cuerda-y-yo-saco-la-lengua”. Así, todo seguido, sin respiración, sin dejar tiempo entre las palabras, como está haciendo ahora mismo mientras da la última calada al cigarro. Habla sin parar pero no dice nada. Porque todos sabemos que la semana que viene volverá a decir que ha encontrado al amor de su vida, al hombre que le va a hacer feliz toda su existencia, que va a dejarle las sábanas tan arrugadas que será imposible devolverlas a su forma, que le meta la polla tan adentro que le deje sin aliento. Así de burro es Carlos cuando está en confianza.

– Vamos dentro que aquí hace un frío de cojones

Y le queremos. Así. Tal cual. Le necesitamos. Con esa necesidad que da la amistad cuando se deja a un lado aparentar. Supongo que por eso estoy contando esta historia en mi cabeza, por eso me hablo a mí mismo mientras volvemos a la mesa y nos bebemos las mismas cervezas de siempre, en el mismo bar de siempre, en la misma mesa de siempre. Porque al mirar a Carlos es como haber encontrado esa persona de la que habla la teoría del hilo que recorre todo el mundo hasta dar con la adecuada. Esto no es amor, no puede serlo, pero nadie dijo que querer a alguien tuviera que tener un solo significado.

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