FAUNA

Didi se contonea y levita entre los gigantes barbudos de la pista de baile. Como una llamita de fuego fatuo, una “Campanilla” sonriente que revolotea entre gargantúas bien parecidos para los que pasa totalmente desapercibido. Roza pares de bíceps con el aleteo de sus pestañas. Pretende enredarles con su cintura cimbreante y menuda. Pero Didi es invisible para la manada de osos, congregados al hipnótico son de la percusión del éxito de turno. Nadie le ve, pero Didi sigue danzando y regalando sonrisas al vacío, como si fuera la estrella principal del espectáculo. Es muy feliz porque sueña  que los hombretones se han reunido para adorar su talle esbelto y su sinuosa danza de frágil cabaretera. Cada cierto tiempo, aprovechando algún hit que no se ajuste a los espasmos de su cadera, Didi se convierte en colibrí. Emprende vuelo por las barras de la disco, libando de copas y cervezas huérfanas. Los sorbitos que va hurtando lo mantienen en su nirvana pop. En ocasiones, revolotea hacia los aseos para posarse disimuladamente en el hombro de alguno de los barbudos, encerrados en solidaria micción. Respinga su culito formado por dos garbancitos prietos, regala su mejor sonrisa, lanza algún requiebro, tan aflautado como grosero, palabras que hacen más bulto que todo su cuerpecito de junco y, así, se gana algún resto de polvillo mágico. Una ayudita para proseguir con su feliz vuelo entre la manada. Al final de la noche Didi tiene un sueño. Posarse suavemente sobre el pecho selvático de algún gigante, enroscarse como un pequeño lémur nocturno entre unos pectorales que lo acunen con la respiración y dormirse enredando con sus deditos en el vello crespo de su macho. Pero Didi siempre vuelve a casa solo, en vuelo rasante y torpe. Como un murciélago sin sónar. Dando topetazos contra coches y farolas, como una pequeña polilla perdida que se encabeza contra la más leve y errónea fuente de luz.

 

Ramón hace tiempo que dejó de ser delfín para transmutarse en la morena anguiliforme de la fiesta. 64 años, y dos décadas de más que ya no se corresponden con un local aforo generacional limitado. En los 80 y 90 jugaba en todos los mares con los más bellos pececitos del arrecife de coral. Hoy se refugia en lo más oscuro, el fondo abisal, donde no llega ni el láser ni los focos, donde se acumulan otras colillas sobre el cenagoso suelo. Siempre al acecho, solo se perciben las dos brasas de colirio de sus ojos, ascuas que se van a apagando un poquito más cada viernes. Ramón solo asoma el rostro, de sorpresa ácida y permanente, cuando algún pescaito nuevo cruza por su guía de mirar. Con los años y los fuegos de artificio nasales, Ramón diluyó su esencia y apariencia y se quedó en anguila apergaminada. Sus destellos químicos ya no surten efecto en el anzuelo. Sus presas deambulan por su decreciente territorio de caza, tan desprevenidas como seguras. Ramón respira a bocanadas y se le va la vida a borbotones. Se asoma a la pista a cada poco, ojiplático sin motivo, para ocultarse de nuevo en su guarida, a la espera, un día más, a que las luces del alba lo prendan para siempre.

 

Néstor, Víctor, Héctor, Albertor… siguiendo el siempre el mismo vector. Noche y trasnoche, una espléndida bandada de grullas reales inicia su descenso en perfecta formación al centro del “dance floor”. Su baile de cortejo y el brillo de sus plumas al desnudo destaca entre el tumulto de otras especies no tan rutilantes. Preciosas aves danzantes, inflan sus pechos fatuos de machos alfa, al tiempo que relajan sus omegas en un paroxismo de la versatilidad. Intercambian sudor en la piel y siglas de felicidad efímera en las lenguas. Buscan el amor, pero solo ven en color a sus propios semejantes. Sueñan con un príncipe que los rescate del reino de la noche y de sus tóxicas libaciones, pero solo coleccionan ícaros y narcisos. Igual que llegan, se marchan. En bandada solidiaria. En formación, ya no tan perfecta, buscan el amanecer en el nido comunal, donde recrear el amor un fin de semana más.

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