En tren

Viajar en tren tiene un componente excitante que no encuentro en ningún otro medio de transporte. Parece que ha sido así desde siempre. Muchas veces he oído en casa esa historia, que ya no sé si es verdad o leyenda familiar, de que siendo niño una de las mejores maneras de entretenerme era llevarme a la estación del ferrocarril a ver pasar locomotoras arrastrando convoyes. Y si había tiempo y mis mayores estaban de ánimo, nos subíamos en un cercanías para llegar hasta Abando, hasta el mismo corazón de Bilbao. Quizás no fuera para tanto y eran ellos los realmente excitados por recorrer en apenas minutos unos cuantos kilómetros entre altos edificios, atravesando túneles y avanzando sobre viaductos curvados. Supongo que toda persona tenemos en nuestra identidad una importante dosis de proyección de lo que nuestros padres hubieran querido para sí mismos durante su niñez.

Buena parte de los últimos kilómetros que el camino de hierro recorre por Castilla antes de entrar en las triunfantes tierras vascas transcurren por el desfiladero de Pancorbo, en la provincia de Burgos. Estoy seguro de que guardo en algún cajón la foto que tomé desde el vagón de sus paredes de granito en un viaje en los primeros días de octubre del año en que cumplí los catorce. Soñaba con que fuera solo un trayecto de ida, que lo hacía para quedarme a residir en la ciudad en la que nací, en una villa que está cerca del mar y de la montaña, desde la que se ve el verde intenso de los campos que la rodean y el azul bravo del Cantábrico. Un lugar que siempre me ha parecido opuesto a la agorafóbica planicie de la meseta y al tono mate y apagado en época estival de sus campos de trigo, una región en la que los campanarios proyectan dos sombras sobre las calles de sus pueblos y ciudades, una que oculta la luz y otra que niega el libre pensamiento. Pero no fue así, y cumpliendo la condición para tener un veinte por ciento de descuento en el billete de ida, hubo también uno de vuelta tres días después tras el fin del evento familiar al que habíamos acudido. Un viaje feo y largo, triste y doloroso, entre lágrimas. Lloraba porque no vería llover cada día, porque donde yo vivía la gente no te sonreía cuando te dirigías a ellos, porque su acento al hablar era seco y rotundo, nada que ver con la musicalidad de esas palabras compuestas por multitud de sílabas y llenas de zetas y ches escritas como te equis, porque dejaba atrás leyendas de hombres paganos, fuertes, valientes y decididos para regresar a las fábulas bíblicas de profetas iluminados y mujeres sumisas.

Al entrar en el valle de Orduña no solo se nota el cambio de paisaje, sino también el climatológico, se deja atrás el seco interior para adentrarse en el húmedo oceánico. Si es verano y el calor aprieta al salir de Madrid, es probable que al llegar aquí tengas que echar mano de una chaqueta. Quizás por esto, la familia de Jacinta, la rica pero pánfila protagonista de la “Fortunata y Jacinta” de Pérez Galdós, subía todo los veranos hasta Plencia, a la orilla del Cantábrico, huyendo del hervir seco de la entonces tierra, hoy asfalto, de la capital. Ahora ya no hacen falta carruajes para llegar hasta este municipio, el metro de Bilbao te acerca en apenas media hora desde el centro. Te deja al inicio de la desembocadura de su ría, la de Plencia no la de Bilbao, en el comienzo de un agradable paseo junto a casonas tradicionales, con grandes sillares de piedra vista en sus esquinas, que te conduce hasta el pequeño puerto, hoy ya más de recreo que pesquero. Desde ahí puede seguir hasta su playa, majestuosa y radiante, acogedoramente ancha, llena de una arena fina y delicada que de manera amable te induce, da igual la estación del año que sea, a quitarte a los zapatos, alzar el dobladillo de los pantalones y caminar descalzo sobre ella. Al andar no lo notas, pero en un indeterminado momento la playa de Plencia pasa a ser la de Gorliz para juntas, formar una bahía que es tan hermosa al amanecer como acogedora al atardecer.

Me han contado en repetidas ocasiones que esta es la primera playa que visité, el lugar en el que me di el primer baño salado de mi vida. Una excusa, supongo, para repetir por milésima vez la anécdota de lo mucho que supuestamente lloré al sentir el inestable suelo arenoso y de lo, tanto o más, que grité al comprobar lo fría que estaba el agua. Imagino que habrá algo de cierto en ello porque desde que tengo uso de razón me lleva un buen rato sumergirme por completo en cualquier sitio donde el agua esté por debajo de los treinta grados. Pero lo cierto es que décadas después sigo yendo de cuando en cuando a Plencia, o a Gorliz, que yo tampoco sé muy bien dónde está el límite entre ambas, y cuando estoy allí, cuando me baño en esta playa, todo me parece bien, todo está bien. No sé si decir que estoy feliz o que soy feliz. Tengo la sensación de estar en mi sitio, en un enclave al que pertenezco, en uno de los lugares que el destino estableció como natural para mí, este acceso al mar tan bello y hermoso que tiene la ciudad de Bilbao.

Por eso, hoy, estoy viajando nuevamente en tren. En dos horas habré llegado a Abando, y bajaré del tren con la misma sonrisa con que lo hacía cuando era niño. No sé si se verá por fuera, pero yo por dentro sí que la noto, grande, muy grande, mitad de alegría, mitad de ilusión. Y mañana, una vez haya desayunado, metro y a la playa. A ver el mar. A disfrutar. A sentirme feliz. Quizás, incluso, a ser feliz.

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