Londres – Ninguna parte

A M., por los viajes infinitos

22 de enero de 2016. Raúl se acerca a la silla como si tuviera miedo. Se sienta y lo único que sabe hacer es mirar a las paredes. Se centra en un cuadro en el que aparece el Big Ben y eso le provoca una media sonrisa. Como si de un resorte se tratase, me mira, fija después sus ojos en la grabadora y me hace un gesto que significa “ya puedes grabar”.

“¿Sabes qué es lo que más recuerdo de él? Lo que me decía por la calle. Empezaba a correr y gritaba un corre, corre, que perdemos el autobús, que a mí me hacía reír porque no había nada por lo que salir corriendo. Pero él era así. No tenía por costumbre fijarse demasiado en las miradas de los demás y si, en algún momento, se le ocurría algo que decir lo soltaba sin pensar en quién tenía alrededor. Y al principio me gustaba. Sabía apreciar esa actitud de alma libre, por decirlo de alguna manera, o de gato que se pasea por el mundo como si fuera su casa. La calle, al fin y al cabo, era la que nos abrigaba por las noches y la que intentaba escupirnos por la mañana”

Raúl se calla un momento. Carraspea. Continúa con su historia. 

“Lo que no podría explicar es cuándo me enamoré de él. Cómo llegó ese momento en el que le miré, y mi cabeza me respondió que ahí estaba, que era esa persona y no otra, que sonreír por el simple hecho de verle a tu lado ya era el síntoma más evidente de que la mano se había acercado demasiado al fuego. Lo que sí recuerdo a la perfección es que el cuerpo pareció relajarse. Como si hubiera estado queriendo esconderlo, como si no me hubiera dado cuenta de lo que hacía y, al haber aparecido la respuesta, ya todo diera exactamente igual. Y en el fondo así era”

De nuevo un silencio. 

“Nadie entendió nunca que dos personas como nosotras pudieran quererse. Él por su forma de ver la vida, yo porque tenía los pies demasiado pegados al suelo. Es como esa teoría de que los polos opuestos se atraen. Un tópico, pero que en nuestro caso fue verdad. Y no porque fuéramos el extremo de una misma línea, no. Lo que sucedía es que su locura y mi realidad, cuando se tocaban, se convertía en algo distinto, no sé cómo explicarlo. Pero recuerdo que nos miraban por la calle, que para los demás era extraño ver a dos chicos darse la mano, besarse cuando el frío nos arañaba la piel. Y era curioso porque veían el beso, no el cartel que ponía NO TENEMOS TRABAJO, PEDIMOS UNA AYUDA”

Raúl se frota las manos. Sabe que está a punto de contar lo que más le duele, yo lo sé, y aunque no me gustaría estar en su situación, tengo que seguir grabando. 

“La gente podrá decirte que es solidaria, que la caridad está a la orden del día, pero es mentira. La gente no se te acerca cuando pides dinero por la calle. Leen en el metro, miran hacia otro lado, algunos suben el volumen de la música para no escuchar lo que no quieren oír. Eso él lo sabía y supo hacer que no le afectara. Pero yo siempre acababa gritando a la gente, haciéndoles huir. Y cuando me ponía pesado, él siempre decía que un buen día se iría a Londres, lejos, que cogería el metro y se plantaría en esa ciudad escrita en otro idioma, y jamás volvería a encontrarle. Londres. ¿Te lo puedes imaginar? Cuando se acercó Marcos, otro de los que pedimos en la calle Preciados, no quise escuchar lo que me estaba contando. Aquella mañana me había levantado y él no estaba a mi lado. Supuse que había ido a ver si conseguía algo para desayunar, pero al no verle aparecer horas más tarde, me preocupé. Marcos se sentó a mi lado, pasó su brazo por mis hombros, y me dijo que le habían encontrado, en el metro, que de la borrachera que llevaba se había caído a las vías y del golpe no se había podido hacer nada por él. La gente dice que mientras caía él gritaba que se iba a Londres, que allí nadie le encontraría. Puede que eso no sea verdad, pero a mí me gusta pensar que, al menos, cuando me abandonó fue para descubrir esa otra ciudad que, ahora, jamás visitaremos juntos.

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