De lunes a viernes

El despertador suena a las seis cuarenta, tal y como está programado en el móvil desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Enciendo a tientas la lámpara de la mesilla y pongo fin al dichoso zumbido. Me siento en la cama con movimientos torpes, busco las zapatillas para no posar directamente los pies en el suelo, en esta época del año está helado y me resfrío a la mínima. Me acerco a la ventana y subo las persianas. Es noche cerrada, fuera, quietud absoluta, en ocasiones se ve a una o dos personas que se dirigen calle arriba, supongo que camino de la boca del metro, y de ahí a trabajar. Enciendo la radio, es el instante en que suelen conectar con el corresponsal en Estados Unidos, me gusta su voz, no parece que te esté informando, es como si te hablara con cariño, como si alguien que hubiera dormido contigo te siguiera contando las cosas que anoche dejó por terminar de relatarte. Que hablen de la primera potencia mundial no quiere decir que el tema tratado sea de interés, pasa como con el propio país, unos días cuestiones importantes, y otros, absurdos, tonterías y banalidades sin interés alguno.

Salgo al pasillo para dirigirme hacia el baño. En este momento el pensamiento que me viene a la cabeza es lo que me cuesta ponerme recto, es como si mi cuerpo bocetara la que será mi figura dentro de unas décadas cuando me haya convertido en un señor mayor de movimientos ortopédicos. Lavarme la cara, verme desde el espejo con el ceño fruncido y los ojos aún más cerrados que abiertos. Me siento para hacer aguas menores, que a estas horas soy muy torpe.

La luz de la cocina tiene un punto cruel, ese fogonazo con el que se encienden los fluorescentes es un golpe para mis pupilas. Menos mal que uno de los focos no funciona, pensaba que era porque se había fundido, pero no, lo cambié y sigue sin dar luz. Será algo de la instalación, pero lo voy dejando pasar y así estamos, con uno de los dos focos de la cocina fundido. Abro la nevera y saco tres piezas de fruta, del cajón un cuchillo de cortar, uno de untar y una cuchara grande. Me preparo el batido, hoy de plátano, pera y manzana. Tres tostadas de pan de centeno con mermelada casera de cereza y un café con leche. Bueno, más bien un cortado, mucho café y poca leche, pero en una taza grande, al modo americano. Cuando me siento a comer, el presentador del magacín radiofónico está recordando cuáles son los titulares informativos del día, que supongo son los mismos que ha anunciado a las seis, al inicio del programa. Mientras desayuno y con el ruido de la radio de fondo, chequeo en la tablet los correos que han entrado en las últimas horas y las notificaciones de las distintas redes sociales en las que tengo cuentas. Lo cierto es que también cotilleo lo que han subido amigos, conocidos y personas a las que a estas horas no sé muy bien ni por qué las sigo ni por qué les dejo ver las curiosidades, intereses y vanidades que comparto.

Dejo caer la alfombra sobre el suelo y abro el grifo. Me desnudo, el pijama queda a un lado y la ropa interior al cubo de la ropa sucia. Espero a que pasen los segundos suficientes para entrar en la ducha sin miedo a que el agua me haga gritar. Ahora ya sale caliente. Champú y gel exfoliante, enjabonarse, aclararse. ¡Qué frío al salir! Albornoz y toalla para secarme el pelo. Desodorante, crema facial y perfume que me recuerda a Budapest, era el que estaba de oferta en las tiendas de su aeropuerto cuando fui en el verano del 2014.

Me siento sincronizado con la radio. Cuando comienzo el ritual de vestirme, el comentarista estrella está analizando la noticia del día. Porqué el asunto es noticia, slip, sus protagonistas, calcetines, qué han dicho, camiseta interior, el sentido de lo que han expresado, pantalones, lo que les ha faltado por decir, camisa, las reacciones generadas, corbata, las propuestas de los otros, zapatos, lo que se espera que el tema dé de sí, americana, una nota de humor al respecto como fin, abrigo. No me olvido de nada, la cartera, las llaves, kleenex, caramelos para la tos, el móvil, el libro que estoy leyendo. Apago las luces y la radio. Son las siete y media, abro la puerta y salgo, comienza un nuevo día.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s