You make me feel

Debía despuntar el alba fuera, aunque en aquel lugar nunca se atreve la luz del sol. Una oscura colmena de zánganos hipnotizados sin reina, conectados entre sí por una única red neuronal y estupefaciente, que se cimbreaban en ciclos idénticos y repetitivos, para cada canción, para cada noche. En un entorno tan poco propicio a la vida, ahí te encontré y me hiciste sentirla de nuevo.

Eras certeza desde ese primer destello en que te vi, en ese instante único y original en el que ya supe que comenzaba mi viaje contigo, desde aquel averno hasta este edén.

En aquella oscuridad sonora y desnuda grité para llamar tu atención, para que tomaras mis bridas y me salvaras. Mi llamada en realidad solo fue un murmullo que suplicaba: “quiero cabalgar junto a ti siempre”. No viste el movimiento de mis labios, no me oíste, no percibiste el temblor, ni mi inmediato deseo de cabalgar juntos.

Afortunadamente, las palabras susurradas por el sentimiento se transmutan en un eco imparable que se hace grande y estruendoso en el espacio. Su onda expansiva acarició suave y rotundamente las crines de tu instinto. Nuestras miradas, ahora sí, se encontraron. Un primer beso, el primer abrazo, las primeras palabras, torpes labios contra el lóbulo, y lo confirmé, había comenzado mi viaje a tu lado.

No me importó desconocer lo que realmente sentías en ese momento. Podrías amarme o no, pero mi entrega era tan clara, indudable, valiente, desinteresada, que no reparaba en las dudas, ni concebía incertidumbres. Lo que sentí era así, una afirmación que no tiene respuesta, un dogma de amor. Una teoría confirmada. En mi cuerpo se fraguó el laboratorio para su comprobación empírica. ¡Prueba positiva! A pesar de no testarse en un entorno ideal, inmersos los dos en el ambiente más adverso para los sentimientos. No fue necesario. En el mismísimo polo norte o en el corazón magmático de un volcán hubiera sentido lo mismo y la respuesta hubiera sido igual de afirmativa. Te quiero.

Hoy despertamos juntos, tan diferentes y tan iguales. Con tanto pasado separados y con tanto más futuro juntos. Cada amanecer es un lazo de cuerpos cruzados. Intercambiamos almas y conjuramos miedos y soledades alojados uno en el pecho del otro. Sentimos que el mundo más allá de esta cama no existe. Sus ecos disonantes quedan amortiguados entre sábanas. Desde el infierno avanzamos juntos por nuestro paraíso, un pequeño gran mundo solo para dos.

 

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