Lo que nunca podría haber sido

Para A. porque la grabación de nuestra historia se perdió en la mudanza

La cámara se mueve. Ves cómo se pasea por el salón, reflejo de las batallas que en el sofá se libraban cuando las escaleras siempre eran de subida y nunca de bajada. Observas cómo se detiene en el cerco que dejó la botella en aquella fiesta que acabó convirtiéndose en la noche más romántica de todos los tiempos. Con lo poco que a ti te gustan las ñoñerías, esas tonterías de comedia romántica. Pero sonríes al recordarlo.

La cámara vuelve a moverse y gira sobre su eje para enfocar los títulos de aquellos libros que no llegaste a leerte, pero que él te dijo que eran imprescindibles, obras capitales de una banda sonora llena de letras, comas, puntos suspensivos y algún que otro final inesperado. Tantas palabras que se quedaron en ese silencio que se pega en la suela de los zapatos, de las bambas, de los cordones que tanto has pisado en vuestros paseos por la ciudad, deteniéndote, arrodillándote para atarlos. Esos tiempos muertos que se han quedado en algún cementerio de pasos olvidados, de caminos sin explorar, de calles con nombres bizarros que tanto os hacían reír.

La cámara avanza por el pasillo. Suena un pequeño mecanismo que indica que sigue grabando, guardando los recuerdos. Como si estuvieras a punto de ver al fantasma de las navidades futuras frente a ti, señalándote con el dedo. Distingues la puerta del dormitorio, ese en el que el sexo se convirtió en cariño, en un beso de buenas noches, en una caricia por debajo de las sábanas cuando tenías las manos demasiado frías por el invierno, o calientes por un verano que había decidido asfixiarte. Tantas noches y mañanas, tantos susurros y gemidos, tantas bocas que se intercambian saliva, que viven en un simple soplo de aire, que ahuyentan al polvo que se queda estancado en los armarios, en la ropa que frunce el ceño por no poder ver lo que allí, a escasos centímetros, parece tan divertido. Y la cámara graba cómo se abre esa puerta, cómo la decoración no ha cambiado en absoluto, todos los muebles en su sitio, el agujero en la pared que quedó tras tu desastroso intento de colgar un cuadro que no se sostuvo más de media hora. Una foto de los dos, un paisaje del último viaje, y la luz entrando por la rendija de las persianas que nunca convirtieron la intimidad en una historia con final feliz.

La cámara da la vuelta. Retrocede a toda prisa, se acerca a ti. Te enfoca con el objetivo, te mira como si estuviera a punto de interrogarte sólo que eso ya lo has hecho tú durante demasiado tiempo. ¿Por qué? Una pregunta que nadie sabe contestarse. ¿Quien fue? Dos palabras que significan que uno de los dos tuvo la culpa. ¿Dónde está todo? Y mientras la cámara sigue enfocándote, te levantas del asiento, vas a la puerta, la cierras y dejas en ese lugar todo lo que nunca podría haber sido.

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