Si las paredes hablaran

Estos cuatro muros que me rodean han visto y escuchado de todo en los años que llevo viviendo entre ellos. No son solo ladrillos cubiertos de cemento y pintura. El ligero tono gris que elegí hace ya más de ocho años ha asimilado mucho de lo que he vivido desde que hice de este sitio mi casa, mi hogar.

Alegrías y decepciones, sorpresas y aburrimientos, rupturas y comienzos, inicios de ilusión y vacíos comprobados. Muchos momentos que se han adosado como partículas a los tabiques que me separan de los vecinos, del dormitorio y de la escalera por la que suben y bajan los que viven en el cuarto. Instantes atrapados en el vidrio de la puerta acristalada que da a la terraza desde la que se ve la calle.  En ocasiones, los tabiques y el cristal, ejercen de interlocutores. Cuando nada del presente llama mi atención, cuando no conecto con la realidad, los silencios de mi interior me hablan desde las paredes.

Han observado a dos personas abrazarse mientras veían películas, series y noticiarios. Otras, han sido testigo de cómo mediaban entre ellas el infinito de unos centímetros, convirtiendo el sofá en un gigantesco solar. Risas con eco que ya no retumban y silencios duros que aún se escuchan. Desayunos preparados con mimo, comidas elaboradas para sorprender, cenas llenas de besos. Una mesa sobre la que no suele haber nada y que en ocasiones ha acogido sesiones que debieran darse sobre una cama, que unas veces se ha llenado de botellas con el paso de las horas y otras ha sido el escenario de lágrimas y gritos que se ahogaron en la garganta.

La puerta también tiene su propia versión de todo lo acontecido. Dando paso a desconocidos a horas inesperadas, habituándose a los horarios de quien un día llegó y se quedó por más tiempo del que parecía al principio y por menos del imaginado al final. Esa madrugada en la que saltaron los plomos en un estruendo de una milésima de segundo que sacudió los cimientos de toda la casa, incluyendo los del edificio y los de mi propia vida. Era un día del mes de diciembre en el que hacía frío, mucho frío, tanto que desde el exterior atravesó las paredes y durante un tiempo llegó a congelar este interior.

La luz entra desde el este, por las mañanas, fuerte y radiante, inundando todo el espacio. No hay cortinas ni estores que impidan, filtren o maticen su paso. Dudo que nadie mire desde fuera qué puede haber aquí dentro, pero si así lo hubiera, vería lo que hay. No es un ejercicio de exhibicionismo, tampoco de transparencia. Simple y llanamente, el de estar comunicado y conectado con lo que es natural, la luz.

Aún queda espacio por decorar. Por el momento cuelgan dos grabados. Uno del puerto industrial de Sevilla con un fondo que no sabría decir si es el amanecer o el atardecer, y el otro un primer plano de lo que podrían ser unas espigas de trigo ligeramente hondeadas hacia la izquierda por la brisa. El primero me gusta por lo que tiene de grande, de transformación, de capacidad del hombre. El segundo por su lirismo, por la belleza que tiene la naturaleza cuando la contemplamos en estado puro sin intervenir sobre ella. Apenas dos islas en un mar aún por ser dotado de más identidad, de más recuerdos, de más sentidos y significados. No hay prisa, queda mucho futuro por delante para hacerlo.

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