Fuera de cuadro

En la imagen se ve a dos hombres en la barra, hay otro más a la derecha fuera de cuadro. Además de dos mujeres, dos camareras, una está en la cocina y otra entre las mesas, dando el cambio a una clienta que ha pagado en metálico. En este preciso momento le atiende con una gran sonrisa y absoluta amabilidad tanto verbal como corporal, buena parte de lo que gana depende de las propinas de los clientes. Por norma, el quince por ciento de lo que suponga el total de la consumición. Fuera de ese momento su gesto es adusto y la mirada baja, hay algo cansado en su expresión, de cansancio físico y de hastío mental, quizás demasiadas preocupaciones y operaciones matemáticas continuas para comprobar si podrá llegar a final de mes. Parece de origen latino, apuesto a que es hija de inmigrantes y que aun siendo una niña se trasladó hasta aquí, a esta ciudad, a Dallas, a muchos kilómetros al otro lado del Río Bravo.

Ahí fuera, en la parte trasera de este establecimiento de aparente nivel, seguramente tenga aparcado su coche. Grande, porque aquí todo es grande, de segunda mano, comprado a crédito, pagado mes a mes por ella misma. Uno de sus logros –aunque no lo viva como tal- como es el que en su casa la nevera esté siempre llena, el salón medianamente ordenado, las facturas al día y la ropa de todos planchada por la mañana cuando van a vestirse. Ese todos es un marido, su segundo esposo, originario de aquí, con el que se casó tras divorciarse de uno que vino del mismo país que ella. Ella era demasiado joven y él demasiado inconsciente, ella se comprometió  a hacer de aquello una relación, pero él no tenía la más mínima idea de lo que era el compromiso, con lo que la suya fue una unión que rápido hizo aguas. No fue fácil salir de ahí, dos hijos de por medio, la negativa de él, la incompresión de sus padres, el rechazo de sus suegros. Pero algo estaba claro, si su familia había venido hasta aquí buscando nuevas oportunidades, no iba a ser ella quien cayera en ese conformismo que solo es tapadera de infelicidad.

Fue así como llegó a este trabajo, a “Front yard”, el bar de un hotel de cinco estrellas. Los horarios no serían los mismos que los de la tienda de conveniencia en la que había estado hasta entonces, pero sabía que aquí con las propinas podría sacarse más. Una amiga suya le contó que buscaban personal e hizo todo lo posible para conseguirle una entrevista. Tardaron en llamarla más de tres meses, pero al final lo consiguió. Durante el primer mes su madre apenas le hablaba cuando iba a recoger a los niños, tenían dos y tres años entonces. “Es tu obligación cuidar de ellos, no es disculpa que tu hombre se vaya a los billares al volver a casa cada tarde”, le dijo un día. Hizo oídos sordos y cuando tras cuatro meses trabajando seis días a la semana, cinco por contrato y uno como horas extra, vio que ganaba lo suficiente para sobrevivir con su sueldo, se alquiló un pequeño apartamento y le dijo a su marido que se iba. El ni siquiera se opuso, es más, cree que hasta se alegró, así no tendría que tratar ya más con sus hijos. Desde entonces apenas los ve una vez al mes, día que resuelve con una comida en el centro comercial y una sesión de cine tras la cual les lleva de nuevo a su casa.

Al menos hoy tienen un referente masculino en casa, alguien que no es su padre ni pretende serlo, pero que les dedica tiempo y atención. También camarero. De hecho se conocieron en esta misma barra hace ya casi diez años. El se incorporó cuando ella ya llevaba unos meses, trasladado desde otro establecimiento de la cadena cerrado temporalmente por obras de renovación. Medio año juntos les dio para pasar del compañerismo al tonteo, de ahí a dejarse llevar y cuando él volvió a su lugar en el hotel junto al aeropuerto, comenzaron a tener citas y a salir cuando sus horarios se lo permitían. También divorciado, también con dos hijos, también preocupado por ellos. Diferentes en muchas otras cosas, pero queriendo los dos una familia estable y teniendo claro que esto se construye dentro de cuatro paredes –las del apartamento con tres habitaciones al que se mudaron cuando decidieron dar el paso- y no pasando tiempo y gastando fuera de ellas, lo suyo fue tomando cuerpo poco a poco. No solo viven bajo el mismo techo, sino que también conviven.

Hoy sus hijos son adolescentes, al igual que los de su marido, que pasan con ellos un fin de semana de cada dos, días en los que la casa parece una locura con seis bajo el mismo techo. Los de ella y los de él se llevan bien, no son hermanos, pero son amigos, y eso a ella le satisface, está convencida de que pretender más sería un absurdo. Este fin de semana es el cumpleaños de su hija, y eso es lo que la tiene preocupada. Va a cumplir dieciséis, está convencida de que le va a pedir sacarse el carnet de conducir. Y en dos años está la universidad a la vista, y aunque se ponga a trabajar,  todo supone mucho dinero. Y su hijo va un año después, y uno antes que los suyos irán los mellizos de su marido, a los que ya pasa una pensión que supone un tercio de su sueldo. Y aunque ella no tenga más que estudios básicos, en estos momentos siente que lo que hace en su cabeza es auténtica ingeniería financiera. Eso, y un poco de medicina, que los años no pasan en balde y los golpes de calor y de cansancio que siente a veces apuntan a que algo comienza a pasar con su cuerpo, quizás antes de lo que se supone.

Afortunadamente son ya casi las diez de la noche, su hora de salida. Poner una última ración doble de costillas y otra de alitas de pollo con tres cervezas bien frías a los que acaban de llegar a la barra, y una ensalada de pollo con una copa de pinot noir al tipo con acento europeo y su jornada de hoy habrá llegado a su fin. Diez minutos para quitarse el uniforme y como a estas horas no hay tráfico, en otros veinte estará en casa. Una ducha rápida, hacer lo urgente que no pueda esperar a mañana, cinco minutos de conversación con su esposo –no más, esta quincena él madruga ya que tiene turno de mañana y a duras penas la espera despierto por la noche para poder tener un momento juntos- y a dormir.

(Fotografía tomada en Dallas el 27 de septiembre de 2015).

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Un comentario en “Fuera de cuadro

  1. Una historia que retrata el pasado el presente y el futuro con detalles emotivos, preocupantes de lo que el futuro y la vida conllevan y algo muy destacado, no sólo es una historia sino un relato de emociones ligado a la variable el tiempo y la constante de las decisiones

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