Terror en el conjunto vacío

No sé cuándo empezó a suceder, cuándo me fui quedando solo en el escaparate. “El último de mi especie”, pensé aterrorizado al ser consciente de la hecatombe. La primera vez que percibí que algo fuera de lo común estaba pasando no le di importancia. Abrí como cada mañana la App de contactos. Con ojos de musaraña hice un repaso rápido a mis vecinos en el muestrario de vanidades y torsos. Era evidente que faltaban elementos en el conjunto humano. Algunos de los habituales estaban ahí, mirándome desde la pantalla del móvil. Sin embargo, no aparecían ni Príncipe Sirénido,  ni XXL busca XXXLL. ¿Se habrían mudado? o ¿cambiado de foto y de Nick? ¿tal vez ahora eran DKolocón o Pigs & feet? O, altamente improbable pero, porque no, ¿habrían encontrado al novio que los habría liberado de la App durante una eternidad de un par de meses?

Avanzaba la semana y las ausencias fueron más alarmantes. Cada vez más vacío en el conjunto vacío.

El despertar del sábado fue verdaderamente aterrador. Habían desaparecido casi todos los perfiles. ¡Horror! Era realmente trágico, tanto que tomé mi desayuno rico en proteínas, fui al gym y me hice una nueva selfie de bíceps para actualizar el perfil y conjurar el extraño fenómeno de las desapariciones inexplicables.

Y el domingo llegó la hecatombe. Solo celdas y más celdas vacías. Aquello parecía un escaparate de ultramarinos en la Varsovia de los 80s. Como si fuera una pesadilla, cerré la aplicación como el que cierra los ojos para no ver una realidad deprimente. En mi interior crecía con fuerza la evidencia de que algo catastrófico y apocalíptico estaba sucediendo. Los que buscan, los que encuentran, los del ahora, sex, no sex, tops, bottoms, pigs, visiting, muscles, daddys, e incluso los azulitas, todos habían desaparecido, fulminados por un rayo divino, huyendo en desbandada, perseguidos no se sabe porque cruel realidad. Un campo yermo esperando el avance mortal de Los Otros. Incluso el recuadro donde debía aparecer mi foto estaba vacío, mi perfil ocupado por la nada grisácea.

Asfixiado por la ansiedad, salté de la cama y busqué mi reflejo en lo primero que podía ofrecérmelo, la ventana del dormitorio, aún con la persiana bajada a pesar de que el sol ya pugnaba por entrar. Pude verme en el cristal como una sombra de rasgos imprecisos. Me reconocí porque al mover la mano una forma difusa también me saludó, algo desganada, un gesto irónico que parecía reírse de mí estado de nervios. Eso me hizo sentir mayor ahogo aún, empecé a respirar como si tuviera una esponja seca en la garganta. En un acto reflejo, subí la persiana de golpe, abrí la ventana de par en par y saqué medio cuerpo fuera. El sol y la luz terminaron de abrir mis pupilas y el aire de la mañana llenó mis pulmones.

En segundos alivié la angustia y comencé a respirar con normalidad. La calle hormigueaba de transeúntes ajenos al apocalipsis que acababa de asolar mi cama. El aire de la mañana estaba cargado de fragante aroma a café. Sentado en la terraza de la cafetería próxima, con una taza humeante en la mano, un hombre absorto en la lectura del periódico. Antes de levantar su rostro, ya se me hizo atractivo, deseable y real. Sus medidas y dimensiones estaban allí, a la vista, sus rasgos también, y su movimiento. Todo aprehensible a mis ojos. Sus intereses y roles eran un misterio…tan insondable como excitante. No lo dudé un segundo, me vestí y bajé a desayunar olvidando el móvil, aún convulso por la implosión de su pequeño conjunto vacío.

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