Con la sensación de estar haciendo lo incorrecto, y sin embargo no poder dejar de hacerlo

8:00h. Se me ha hecho tarde. Salgo andando. Sin prisa por el metro de Madrid. En el móvil suena Funeral de Zahara. Habla sobre despedidas. Me veo haciéndolas. Porque la vida es un continúo movimiento. Gente que viene, gente que se va y otros que se quedan siempre.

Creo que llegaré tarde a trabajar. Consigo hacer ese intercambio entre líneas y meterme en la que me lleve a trabajar. Y allí estaba allí: ese chico, porque no parece mayor, pero es todo un hombre. Su cara, su barba, ese traje, y esa pose de interesante viendo el móvil. Casi más parecía que estuviera camino de la playa que del trabajo. Esa actitud que tenía. Fueron unos minutos lo que compartimos de trayecto pero no pude dejar de mirarlo. Era hipnotizante, llamativo… le perdí la vista en aquella parada donde apenas bajaba gente.

Dos días después el mismo plantel. Me levanté demasiado tarde. Esta vez salí más rápido. Perdí el metro. Y los intercambios no fueron del todo bien. Pero volvió a estar allí. Cuando estaba a punto de bajar me miró, le miré. Sonríe. Sonrió.

“Sólo me arrepiento de haberme dormido”, pero no de llegar tarde. La felicidad de llegar tarde.

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