Almudena

A mi madre, por haber recibido esta sonrisa

 

18 de noviembre de 2015. Hora: 13:00. Almudena abre la puerta como si tuviera miedo. Aparece con una chaqueta marrón, camisa blanca y unos pantalones vaqueros que, a todas luces, son de una talla más grande. Se acerca y me da dos besos. Le señalo donde tiene que sentarse y al hacerlo, suspira. Comienza su entrevista, la número diez de esta serie… 

“Hace mucho calor aquí. Tendría que poner un aire acondicionado de esos porque ha sido entrar y tenerme que quitar la chaqueta. Con lo bien que se está en la calle. Que ha bajado la temperatura una barbaridad, pero con este calor una ya no sabe si está en una sala o en el desierto, mire lo que lo estoy diciendo…”

(Animo a Almudena a empezar a hablarme de su historia. Intenta recordar cómo empezar. Dos minutos después parece que lo consigue) 

“A mí siempre me han gustado los hombres. Ya ve usted qué tontería acabo de decir, pero eso es lo que yo pensé entonces. Que a mí me gustan los hombres. Que también, vaya. No me parecía una cosa del otro mundo. En mi pueblo solíamos decir siempre cuando alguien se metía en la vida de los demás: lo que a ti te metan, a mí no me ahoga. Y es que en el pueblo siempre hemos sido un poco brutos, total, al final es como si viviéramos en pleno monte con las cabras. Por eso cuando nos mudamos, el niño empezó la escuela, y nos vino un día diciéndonos en casa que se había dado cuenta que le gustaban los hombres, yo me puse a pensar en lo que decíamos en el pueblo y lo solté sin pensar. Que yo tiendo a soltar lo primero que me pasa por la cabeza. Se me enciende una bombilla y ya está el lío armado. Pero es que ya me dirá usted si no era para menos, porque fue ver la cara de avergonzado de mi hijo, como si le estuviéramos pillando en una falta, que yo intenté quitarle importancia porque a mí siempre me han gustado los hombres y aquí estoy, tan ricamente, sin tener que empezar a dar explicaciones a nadie…”

(Almudena empieza a elevar el tono según va acercándose a la parte que tiene que contarme)

“Mi marido no soltó ni media palabra. Asintió, cogió el mando de la tele, y siguió con lo que estaba. Era su forma de decir: si tú eres feliz, allá tú. Y yo creí que eso se quedaría ahí, que lo que se cuenta en casa al final se queda en casa, pero no. Qué va claro, una al final es una ingenua aunque se las dé de mujer que lo sabe todo en esta vida. Pensé que mi hijo se había liberado de una carga muy pesada, pero para lo que no estaba yo preparada es para lo que pasó después. Sé que por eso es por lo que me ha citado aquí, por toda la lucha que he hecho para que no se vuelva a repetir, pero hablar de eso sigue costándome. Si ve que titubeo o algo, usted dígamelo sin problema, que yo avanzo”

(Le cuento que tenemos todo el tiempo que necesite. Que si tenemos que parar no se preocupe, que la grabadora seguirá ahí para cuando esté preparada. Ella asiente y sonríe, me dice que se me ve una persona muy educada, muy leída, que eso es bueno, y sigue con su relato)

“Lo primero que vi fue una marca en el cuello. Era pequeña, como si fuera una marca de nacimiento. Y yo pensé que era un chupetón, ¿idiota, verdad?, pero pensé que mi hijo estaba saliendo con alguien, que se habían dado sus primeros besos y que era ley de vida. Los niños se hacen mayores y se olvidan de una. Ley de vida, como le decía. Días después el niño empezó a encontrarse mal. Que no quería ir al colegio, me decía. Que le dolía la tripa, la cabeza, las piernas. No sé la de partes del cuerpo que le empezaron a doler y yo, bruta como soy, le dije que más que quince años parecía una vieja de ochenta, que yo a su edad estaba cargando con paquetes de dos kilos y no me quejaba. Hasta que un día, sin saber que él estaba en el baño, entré y vi su cuerpo. Creo que no se lo puedo describir bien. Todavía me tiembla el cuerpo de la rabia que me entra. Un cuerpo tan flaco como el suyo, que yo siempre le digo que tiene que comer más, que engorde o al final va a ser todo hueso y nada de carne donde agarrar, estaba lleno de pequeños morados. Alguno más grande que otro, pero eran pequeñas marcas. Lo primero que pensé, y que me perdonen, es que mi marido se había liado a hostias con él, pero cuando vi la cara de mi hijo, mi hijo, llorando y otra vez con la cara avergonzada, no tuvo necesidad de contarme nada más. Sólo se lo pregunté para oírselo decir: ¿te lo hacen en el colegio? Y él asintió como si ya estuviera todo perdido”.

(Bebe un poco de agua, se limpia unas gotas que han quedado en sus labios, y prosigue) 

“No he entendido nunca a esas madres que dejan de hablar a sus hijos porque le gusten los hombres. Esas no son madres y, si me apura, no son ni mujeres. Pero mucho menos podía entender cómo en un colegio, con una asociación de padres, me dijeron que no me preocupara más de la cuenta, que eran cosas de críos, tonterías me dijeron. Y yo claro, yo me negué a aceptar que fueran tonterías porque, de haberlo hecho, es como si les estuviera dando la razón a los animales que habían pegado a mi hijo cuando se enteraron que le gustaban los chicos. Amenacé al centro con denunciarles por lo que no estaban haciendo, y se aguantaron la risa, pero con sus miradas ya me decían que no había nada que hacer, que lo mejor era que lo dejara estar y que con el tiempo, cuando mi hijo saliera del colegio, todo quedaría en algo de lo que olvidarse. Incluso mi hijo me dijo que no lo intentara, que tenía miedo de lo que pudieran hacerle, que ya le escribían mensajes diciéndole que si quería chuparles la polla y cosas así, todos los días, y que había empezado a acostumbrarse. Ahí, mire lo que le digo, estuve a punto de rendirme, pero le agarré la cabeza con mis dos manos, con estas manos que estarán llenas de callos de mi trabajo pero que son las que han sostenido su cuerpo cuando se caía de pequeño, “tú no te vas a acostumbrar a lo que esos hijos de puta te están haciendo, ¿me oyes?”. Y creo que ahí entendió que su madre no iba a parar hasta joder la vida, o lo que pudiera, a quiénes habían convertido su vida en un pequeño infierno. Y sonrió. Y ahí yo me puse a llorar como una idiota.

(Contiene las lágrimas. Entrelaza sus dedos con fuerza, los aprieta, y sigue hasta el final, como si las palabras le salieran solas) 

“No le voy a aburrir con historias de abogados, de pleitos, de peleas, e incluso de alguna amenaza de expulsión por parte de la dirección si montaba más ruido del necesario. Fui a los periódicos, llamé a la radio, incluso llamé a un programa de esos donde dan reportajes de lo que les sucede a la gente de a pie. Algunos me hicieron caso, otros me dijeron que no tenían tiempo para meter en su programa el tema, que quizás más adelante. Mi hijo siguió yendo al colegio, pero ahora resultaba que había pasado de víctima a ser el culpable de todos los problemas del centro. Le saqué a mitad de curso. Una cosa era tener que luchar y otra que mi hijo viera cómo la gente que se suponía tenía que velar por su seguridad en el tiempo que estaba dentro le discriminaran. Sólo una profesora se dignó a decirme que me apoyaría en lo que hiciera falta. Sólo una. ¿Se lo puede creer? Recuerdo que en la última reunión que tuve con los del colegio les dije que deseaba que a todos sus hijos les sucediera algo semejante, que así entenderían lo que era que te dolieran las entrañas, que sintieras asco ante aquellos que no querían entender que lo que sucedía era odio, nada de cosas de niños, odio puro. El colegio tuvo que hacer frente a la mala imagen que la noticia había suscitado. ¿Cómo iban a estar seguros los niños en un colegio donde se permitía que los niños destruyeran la intimidad de alguien? Y además, poca gracia les hacía que yo me fuera con los de la asociación, con otras madres y padres, a hacer ruido y a decir a todo el mundo que lo que se hacía en ese colegio no era educar sino convertir a niños en maltratadores. Hice todo lo que estaba en mi mano para que mi hijo, ya fuera de aquel colegio, viera que nadie tiene el derecho de juzgarle por querer a alguien. Y yo creo que lo entendió, aunque fuera con el tiempo”

(Está llegando al final. Paro la grabadora un instante. Dejo que sea ella quien decida el momento de encenderla de nuevo. Pulso de nuevo el botón REC y las últimas palabras hacen acto de presencia) 

“Quiero a mi hijo. Soy su madre. ¿Cómo no iba a quererle si yo lo he sacado de ahí abajo, he dado mi vida por él, he intentado que crezca de la mejor de las formas posibles? Y precisamente porque le quiero, ahora, cuando le veo salir de casa y, a veces, en un segundo intentando que yo no me entere, se da la vuelta y me sonríe, entiendo que se siente orgulloso y que es un poco más feliz que antes. Y ¿sabe qué? No necesito nada más. Porque en esa pequeña sonrisa está encerrado todo mi mundo”.

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