Just swing it like it’s tied by a string that you hold, and let it go

Hay algo que me gusta de los viajes largos en autobús. Bueno, cada vez sucede menos porque algunos de ellos ya van equipados con baños y hacen las paradas necesarias para recoger y dejar a pasajeros. Ese algo que me gusta son las paradas que hay justo en medio del viaje. Pueden ser en algún pequeño pueblo cuyo bar principal vive de eso.

Pero, en otros casos, es una área de servicio en la que sólo se encuentra una gasolinera y una cafetería moderna, de techos altos, precios elevados, donde uno puede comer o comprarse una revista. Un lugar perfecto para una escena intensa de Isabel Coixet o de una película de terror. Un lugar polivalente.

Para mí, es un sitio de paso, pero un lugar de reflexión. De donde saliste de ese viaje, hace unas horas, y de lo que vas a encontrar cuando llegues al final. Es un buen momento para conversar con ese compañero de asiento con el que no has hablado ni una sola frase. Ver esas caras de sueño de las otras personas que habitan por el lugar, cuales zombies si es un viaje nocturno.

Y un lugar perfecto para dejar algunas obstáculos, recoger algo nuevo y seguir el camino. Porque, al fin y al cabo, lo importante es disfrutar del camino, con sus tropiezos, sus levantarse, sus cosas buenas, y sus accidentes.

Lo importante es dejar marchar lo que no queremos y conservar lo que sí.

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