Comienza a ser tarde

Hace horas que el cielo es negro y a pesar de lo cansado que estoy me da pereza ir a la cama. Mentira. Ese no es el motivo. Lo que eludo es reconocerle su sitio a la soledad. Cuando no se oye nada, cuando se ve menos aún, lo evidente se hace protagonista absoluto. Suena poético, pero palabras así solo son bellas sobre el papel. Ciento treinta y cinco centímetros de colchón, teórico espacio para dos y la mitad de él es terreno yermo, un páramo nocturno en el que no sucede nada. Hay mañanas en que al despertar le hago una fotografía y al ver la pantalla no sé si lo que observo es un mapa de mundos por descubrir o la autopsia de algo que murió sin ni siquiera haberse iniciado.

El gesto se hace adusto y la sonrisa un rictus simpático, pero aun así hay un lugar donde la vida permanece con sus debilidades y sus potencialidades, en la mirada. En lo que eran unos ojos brillantes, ahora tornados en un espeso mate. Pero tras esa veladura todavía se puede percibir la capacidad de generar luz y calor. Porque se ven las ganas, están ahí, latentes, fuertes. No se sabe bien si prisioneras o reposadas a la espera de que se den las circunstancias idóneas, de la persona adecuada, de ese ser de carne y hueso, de ese hombre dispuesto a la generosidad y a la reciprocidad, para comenzar a generar vibraciones, feromonas y sudor con el que inundarlo todo.

El sonido de la televisión, las páginas de un libro entre las manos, el sonido de una notificación en el móvil, medios y disculpas para tapar el hueco de los diálogos que no se hablan y no se escuchan. Conversaciones no comenzadas que acaban en soliloquios mentales, en dedos sobre el teclado y escritos en la pantalla como medio con el que expresar y dar forma a las emociones y sensaciones que dentro del pecho están aporreando, pidiendo, gritando, clamando, exigiendo, anhelando, deseando, demandando, implorando, ansiando, esperando, necesitando, suplicando, reclamando, rogando… salir.

El suelo de madera apenas nota mi paso descalzo sobre él. El agua del grifo no sale ni fría ni caliente. Los espejos no me devuelven el reflejo de mi figura al pasar por delante. No me miro a los ojos cuando me sitúo frente a ellos. Lo evito, me evito. Evito ver mi vacío, mi ausencia. ¡Eso es lo que no quiero ver en mí! Tengo miedo de hacerle frente, y ese hueco se hace agujero con mi no ser capaz de mirarle a los ojos. Y sin embargo, bastaría con sostenerle la mirada apenas unos segundos para comprobar que mi miedo tiene más miedo que yo.

¿Y si le hiciera frente? ¿Qué sucedería? ¿Y si mi miedo desaparece? ¿Qué tengo? ¿Qué me queda? ¿Qué gano? ¿Qué hago con el miedo a tener miedo? Esa es la trampa, el verdadero monstruo, el falso amigo, el parásito y la rémora. No hay un más allá al que resulta difícil acceder, lo que tengo es un más acá lleno de vicios, costumbres y hábitos sostenidos con vagas justificaciones y frases sin verdadero significado. Aquí es donde tengo que actuar. Ahora es cuando he de hacerlo. Ya mismo. Sin más tiempo que perder. Apagando la luz, encendiendo la noche.

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Un comentario en “Comienza a ser tarde

  1. Tan rico que es dormir, estar en el estado d descansar de a ratos por las tardes, sin duda uno de los momentos que más amo es el recostarme y esa introspección a mis adentros mientras mi cuerpo se acopla a la sensibilidad de las sábanas

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