MUDANZAS

Lo de un hogar para toda la vida no es lo mío. Desde pequeño con la familia y hasta el día de hoy, he sobrevivido a innumerables mudanzas, un trasiego casi permanente de cajas, maletas, pérdidas y hallazgos. Tanto trasiego, que no he llegado a vivir más de 5 años seguidos en la misma dirección. A veces he cambiado de ciudad, otras de provincia o solo de barrio o de calle en la misma vecindad.

Eso sí, me gusta decir que soy del Albayzín, que este es mi barrio original, porque mi primer domicilio, donde nací, fue la calle del Candil en el Paseo de los Tristes (nombre nada premonitorio en mi caso) y porque este gentilicio tan señero, con sus vistas a la Alhambra, me da cierto barniz lírico y universal. No obstante, a los seis años empezó mi deambular de barrio en barrio, de ciudad en ciudad.

Quizá esta trashumancia urbana ha fomentado mi “desapego” a lo que pretendemos inmutable. Como si fuera un “crossfitter” de las mudanzas, ha entrenado mi capacidad para relativizar lo que a priori deseamos que sea permanente e inamovible, y para asumir con facilidad lo cambiante e imprevisible.

Soy un experto en crear hogar en el mismo tiempo que la mayoría en esta situación podría aún deambular perdido buscando al Minotauro por Ikea. Soy muy hogareño –sí, ya sé que nunca estoy en casa, pero es que la cartelera y las terrazas madrileñas no dejan de provocarme- Necesito sentirme seguro, feliz, relajado y en paz en mi casa. En el entorno privado donde tengo muy a mano todo lo que me provoca satisfacción sensitiva, emocional e intelectual. Un sofá, para los maratones de “tumbing”, con vistas a una estantería llena de libros, algo para reproducir música cuando subo el ánimo danzando como un maldito, la perfecta iluminación indirecta y tenue, al estilo de Blanche DuBois, para no reconocerme a mi mismo, alguna planta a la que cuidar sin que me hable demasiado, alguna alfombra peluda para los juegos de lucha grecolatina, cojines achuchables para el descanso del guerrero, un vino para acelerar la transmutación de las derrotas en lecciones, un rincón para la bici, mi amor verdadero, y un par de tazas para el colacao, en soledad o compartido. Todo esto se recrea con bastante facilidad y es sencillo trasladarlo de un lugar a otro.

Cambias de lugar, de hábitos, de luces al amanecer, de aromas callejeros, de sonidos los días de fiesta y de silencios aullados las madrugadas insomnes. Pero rápidamente vuelves a recrear el mismo entorno reconocible y a la justa medida de tus vicios y virtudes. Esa esencia que te dan los años y que se articula en los hábitos sobre los que te impulsas o en los que te reconoces cuando estás a punto de perderte.

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