Conectando (Final)

“Conectando” es una tetralogía. ¿Qué sucedía en las otras partes? Puedes descubrirlo en los enlaces a las anteriores entradas: Conectanto (I) / Conectando (II) / Conectando (III)

 

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Conectando…

Hola A.

Hemos sido idiotas. Tan idiotas que, ahora, cuando ya han pasado más de tres meses de aquella tarde, me doy cuenta de lo importante que hubiera sido dejarlo todo en esta suerte de correos que van y vienen. Estaba más seguro tras la pantalla del ordenador. Más seguro y, sobre todo, más confiado. Ahora, sin embargo, no puedo dejar de pensar en ti. Otra vez.

Aquel mediodía aparecí en el mismo bar de siempre. Ahora el que leía eras tú, como si hubieras intentado copiar el momento en que nos conocimos paso a paso. Recuerdo que me acerqué temblando mientras por dentro me reía. Lo hacía por lo absurdo de la situación. Tú, que nunca habías cogido un libro estabas ahí, leyendo, o haciendo que leías, mientras tu mirada iba fijándose en todos los que pasaban por la terraza y tu pie derecho no hacía más que moverse por los nervios. Me senté, te pregunté si el libro te estaba gustando, y ahí empezamos a hablar de todos esos años en los que no habíamos sabido nada el uno del otro. ¿Pero realmente nos lo contamos todo? Supongo que el tiempo nos hace ser cautos a la hora de exponernos al otro, de mostrarnos como realmente somos, y por eso sé que los dos nos mentimos. Intentamos esquivar las partes oscuras, esas noches en las que la almohada nos decía que no había nadie que nos quisiera; esas llegadas a casa después de un sexo barato y carente de sentido con el que pretendíamos disfrazar que éramos personas independientes, que nosotros no necesitábamos de nadie para ser felices; y sobre todo, lo que no nos dijimos el uno al otro es que nos habíamos echado de menos, que si de nosotros dependiera nos saltaríamos los preliminares, las palabras absurdas de “cómo te ha tratado la vida” o “la edad no perdona”, para abalanzarnos hacia los labios del otro, para casi devorarlos, mientras la cama nos llamaba a gritos desde las cuatro paredes de alguna de nuestras habitaciones. Eso no lo dijimos, pero no hacía falta.

El café terminó por enfriarse. Ninguno de los dos había hecho demasiado caso a lo que habíamos pedido. Y cuando ya la temperatura había empezado a bajar, decidimos ir a dar un paseo por aquellas calles que conocíamos tan bien. Pero ya no eran iguales. Recuerdo que lo primero que pensé es que ahora todo me parecía más pequeño y de diferente color. Lo que yo creí que era verde, resultaba ser de un azul claro; o incluso aquella puerta que se abría hacia fuera resultaba que en realidad lo hacía hacia dentro. Como si la memoria se hubiera dedicado a jugar con detalles absurdos para confundirme. Y tú no dejabas de hablar. En eso no has cambiado nada. No soportabas nunca los silencios. Sacabas temas de donde no los había para que un simple paseo por el barrio se convirtiera en una especie de monólogo del que acababas agotado cuando volvíamos a casa. Y como esas calles que habían cambiado, empecé a darme cuenta que yo también lo había hecho. Fue como si sentir de repente el roce de tu mano al chocarnos me hiciera comprender que tu cuerpo, ese que tanto había soñado que volvía a dormir a mi lado, ya no me sirviera. Ya no cumpliera la función de caminar conmigo, sino todo lo contrario. Y sé que te diste cuenta. Para eso siempre has sido mucho más hábil que yo. Pero aprendiste muy bien a no decir lo primero que te pasaba por la cabeza cuando se trataba de enfrentarte a la verdad. Y en ese primer silencio que duró más de dos segundos, entendí que tú y yo no podíamos volver a entendernos.

Volví a casa con la misma sensación que te deja una gripe. Me dolía el cuerpo, mis manos apenas tenía fuerza y mis piernas sólo querían tumbarse en el sofá y olvidar que todo aquello había sucedido. El cuerpo es muy sabio A., tanto que tendríamos que escucharle más a menudo. Dejé pasar una semana. Me dije a mí mismo que después de ese tiempo, si no había vuelto a tener noticias tuyas, lo dejaría pasar. Pasaron los días, la semana se fue uniendo a otras hasta que, después de tres meses, me he visto escribiéndote para, esta vez sí, despedirme para siempre. Porque en el fondo no creo que segundas partes sean buenas ni necesarias. Porque tú no querías verme sino saber cómo te veía yo, como si pudieras reconocerte en mi mirada, como eso que decía Pessoa – un escritor que no conocerás – de que vivir es ser otro, y al ver que yo no te guardaba rencor ya tuvieras todo el cielo ganado. Porque al final las continuaciones, seguir una historia donde se dejó, es un intento fallido de ser feliz entre escombros, como si una bomba hubiera caído y sólo nos preocupáramos de aquello que no ha caído. Porque ser nosotros hubiera sido otro error más que sumar a la larga lista que ya teníamos colgada en la nevera de nuestra casa.

Así que A., me despido con esa sensación de haber concluido una etapa. Me voy como empecé esta historia. Con palabras. Porque por aquel entonces yo leía una recopilación de los cuentos de Edgar Allan Poe, otro escritor del que sólo reconocerás el nombre, nunca el texto, y por el que no me preguntaste. Si lo hubieras hecho, quizás, como en ese cuento donde un corazón delator señala al verdadero asesino, te hubieras dado cuenta que yo, en el mismo momento en que te quise, me convertí en un suicida. Porque conseguí, de eso me doy cuenta ahora, eliminar de la ecuación todo lo que había construido para dejarte jugar a las obras con los pedazos que yo llevaba mal pegados dentro. Y yo ya no necesito quién me arregle. No lo necesito.

Te quiero A. Siempre te he querido. Pero ahora, yo me quiero más.

Un abrazo

S.

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