Maldito youtuber

El video no era nada del otro mundo. Uno de esos youtubers que salen a la calle a hacer alguna pregunta absurda para que la gente, más absurda todavía, quede en evidencia. Y no tenía nada de especial. Paula y yo habíamos visto millones de vídeos parecidos. Nos reíamos, comentábamos lo idiota que era la gente como si nosotros estuviéramos por encima de ellos, y a los diez minutos nos olvidábamos de aquel tiempo que habíamos tirado a la basura. Aquella tarde, recuerdo, Paula había salido a comprar algunas cosas para la cena en casa de su novio, y yo tenía poco que hacer, o nada en realidad. Me había quedado sin trabajo, mi novio trabajaba aquella tarde previa a las Navidades, y el frío me permitía tener la excusa perfecta para no salir de la manta que me había tejido mi madre.

El video, que según el canal iba a ser en directo, comenzó a reproducirse. Una calle céntrica de Madrid, grupos de jóvenes gritando, la voz del maldito youtuber acoplándose con el ruido ambiente. Todos los requisitos para que yo dejara de verlo. Pero no lo hice. Las imágenes convertían lo que estaba viendo en una especie de juego hipnótico donde, cuanta más mierda aparecía, más anestesia se filtraba por mis ojos impidiéndome cerrar la pestaña del navegador. Y ahí, en un espacio de cinco segundos, fue cuando el vídeo cobró importancia. La cámara se detuvo en un grupo de jóvenes que no sabían ni siquiera cuál era la capital de España a pesar de vivir en ella. Y allí, en la parte derecha de la imagen, dos personas se besaban como si el tiempo estuviera a punto de acabarse. Me sentí tentado de enviar un mensaje a Carlos, para que cuando saliera de trabajar viera que esa imagen de dos chicos besándose me había hecho pensar en él, invitándole a que viniera a casa a pasar la noche conmigo.

La cámara seguía centrándose en los jóvenes, pero yo no podía quitar mis ojos de aquella pareja. Dos chicos que, después del beso, se abrazaban. Pasaron dos segundos y empezaron a andar directos hacia la cámara, como si no se hubieran dado cuenta que ese maldito youtuber estaba grabándoles. Se cogían de la mano. Siempre recordaré sus caras. Esa mezcla de felicidad y sorpresa al ver la que había formada alrededor. Ese gesto de vergüenza que se reflejaba en la cara de uno de ellos, tirando de la mano del otro para evitar que la cámara les grabara. Tarde. Carlos salió del plano tarde. Fueron en total dos minutos de grabación. Dos minutos que cambiaron la realidad, que me hicieron comprender que mi novio no estaba trabajando, que me había engañado, que las nuevas tecnologías pueden ayudar a abrir los ojos o a querer cerrarlos más todavía, y que ese maldito youtuber, ese jodido protagonista de vídeos que se convertían en virales, había conseguido transformar con sus imágenes la vida de alguien a quien jamás conocería. Maldito youtuber.

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