Ángel a bordo

Le vi por primera vez en una fase de calma y felicidad en mi vida. No es especialmente guapo. Al menos si esperamos un hombre que cumpla con los cánones de belleza, ni clásicos ni actuales. No obstante, estoy seguro de que mi amigo Lucas le robaría una foto para alegrar a sus seguidores en Instagram cualquier mañana de cualquier terrible lunes.

En todo caso, para mí es inmensamente hermoso. Más por lo que trasciende de su existencia que por lo que su mera imagen externa me pueda transmitir. Me provoca verdadera inquietud cuando sé que me encontraré con él, como casi cada día, en el bus de las 8.15 a.m. que me lleva a la oficina, desde la calle Segovia hasta la Puerta del Sol.

Como digo, su interés físico no radica exactamente en su apariencia, que también, si no en toda su presencia. Contundente, cargada de sensaciones, misteriosa, reservada, esperando a ser descubierta y desvelada por un par de ojos atentos y sagaces. Siempre va solo, vestido sin estridencias, sin un estilo determinado, ninguna prenda excesivamente ceñida que permita adivinar más allá de lo estrictamente necesario. Puedo aventurar que tiene un cuerpo armonioso, fibrado y bien definido. Su piel es suavemente morena, algo natural, no un bronceado de piscineo. Ni hirsuto ni lampiño. Quizá un poco de vello suave y castaño que, desde el pectoral, serpentea por el torso en uve, discurre plácido por los suaves, pero marcados, valles y colinas del relieve del abdomen, bifurcándose en el ombligo, para volver a unirse, tras superar esta rotonda de mortalidad, y concluir en el accidente geográfico donde cada mañana quisiera acampar.

Le he bautizado como Ángel y, a pesar de mis divagaciones sobre su físico, la profunda atracción que me provocaba proviene de todo lo que no se puede ver, ni constatar. Observando a veces su cogote, otras frente a frente, otras de perfil, siempre de soslayo, según la posición que ocupemos en el bamboleante autobús, Ángel me narra una vida y una forma de ser.

Sin duda es un hombre tranquilo, pausado, emana paz y seguridad. Su mirada y su gestos precisos, corresponden a una persona reflexiva, con tendencia a la abstracción del mundo que le rodea. Nada fácil en un bullicioso bus mañanero, cargado de chillones estudiantes de primaria, quejumbrosos pensionistas camino del ambulatorio y absortos oficinistas trajeados como yo.

Otras mañanas, Ángel es para mí un soñador. Su mirada se muestra tan perdida que podría parecer casi ciego. A punto he estado en varias ocasiones de pasar mi mano frente a sus ojos para comprobarlo.

No he tenido la oportunidad de oír su voz, nunca habla con otro pasajero, ni atiende llamadas de teléfono durante el viaje urbano. Y esto también hace singular su carácter. En cualquier transporte público hay un móvil por persona, a veces más. El bus en el que ambos viajamos no cumple con este paradigma social de nuestros tiempos. Falta un terminal, el de Ángel. Nunca le he visto aislarse en la pantalla de un smartphone como el resto de la humanidad. Ángel, a mi entender, tiene cosas más importantes y profundas, o fantásticas, en su mente a las que dedicar su atención mientras está atrapado en la linea 50.

Así he “pseudo” averiguado que Ángel tiene un par de hobbies a los que se entrega religiosamente varias horas al día, con una concentración y pasión beatíficas. La primera afición que he elegido para  Ángel es la restauración de motos antiguas. Una actividad muy bohemia y muy vintage y muy adecuadamente varonil para mi gusto elucubrador. La otra afición es la Astronomía. Me gustan las mentes científicas al tiempo que románticas. Le imagino escrutando los cielos nocturnos madrileños desde la destartalada azotea de su buhardilla del Paseo de Extremadura. Aquí es donde vive y desde donde cada mañana viene hacía mí desde la parada Puerta del Ángel de la línea que compartimos. Este es el motivo por el que le he bautizado con tan evocador y “salvador” nombre. Él es el Ángel que abre la puerta a una vida ensoñada.

La afición a la mecánica de dos ruedas la “inferí” porque en un par de ocasiones Ángel subió al bus con una chaqueta de motero desgastada. Una prenda intemporal y muy vivida, tanto como denotan los rasgos de su rostro oliváceo y sereno. Además, a pesar de que en todo momento tiene una pinta impecable, en alguna ocasión he podido apreciar entre sus dedos un resto minúsculo de grasa de motor. Lejos de parecerme un descuido, me agrada ver ese mínimo fallo, una pequeña imperfección, la mácula que le hace mortal, asequible, abordable.

Algunas tardes voy al taller de Ángel. Soy su Robin, su ayudante y aprendiz. Me está permitida la entrada al santuario de olores aceitosos y carbúreos si llevo conmigo un pack helado de seis latas de Mahou. No hablamos, solo gozamos del pausado trabajo conjunto, apretando tuercas en la intimidad silenciosa.

En cuanto a la pasión nocturna de Ángel por las estrellas, mis conjeturas se derivan de los ojos somnolientos (y soñadores) con los que algunas mañanas me lo encuentro cara a cara si coincidimos en esas plazas enfrentadas del bus. Cuando cruzamos la mirada, sobre el fondo de sus ojos oscuros yo creo ver constelaciones. Es esto y que también he decidido que no quiero competencia, que la razón de los desvelos de mi Ángel es cualquier actividad solitaria.

En las noches cálidas de verano, ambos espiamos el cielo, desde su buhardilla. Ángel el Cosmos insondable y yo su Universo corpóreo. Desde la cama veo su figura estilizada, coronada por un flequillo rebelde, recortarse en la azotea con fondo de luna gigante. Casi siempre inmóvil, pegado al visor del telescopio, o muy encogido, tomando notas en su cuaderno, con su letra infantil, con su manera inverosímil de coger el lápiz, atenazándolo entre sus dedos grandes. Cada uno de estos detalles nimios es toda una constelación de sensaciones con la que gravito irremediablemente hacia él.

Desde hace días le estoy siendo infiel. A veces la vida se complica y los paraísos mentales se convierten en ciénagas fangosas donde las preocupaciones mundanas serpentean al acecho del Ángel de tu vida. El pasado lunes tuve la oportunidad, una vez más, de sentarme frente a él en el bus. Le miré un segundo y él me mostró todos los luceros de sus ojos suplicantes. Si antes yo le buscaba con la mirada, ahora era Ángel el que me rogaba que no le apartara de mi vista, que no dejara de pensar en él, que me esperaría esa tarde en el taller y por la noche en su azotea junto a la luna, que no faltara, que tenía tanto que decirme, tanto que acompañarme.

Le sostuve en mi mirada solo cinco segundos más, en los que sentí como algo se quebraba en mi interior y como una bola de melancolía, densa y venenosa como el mercurio, ocupaba el espacio entre el estómago y la garganta. Cerré los ojos, suspiré y me concentré en los últimos detalles del currículum vitae que llevaba en mi cartera. Cuando volví a abrirlos, Ángel ya no estaba frente a mí.

Han pasado 10 días y no he vuelto a verle. Han pasado dos meses y no recuerdo el color de sus ojos. Ha pasado un año y solo consigo imaginar su cogote en la lejanía, entre decenas de personas y vidas de distancia que nos separan en el mismo bus.

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