Otra ciudad

Nada más llegar a otra ciudad reinicias tu protocolo de siempre. Lo primero que harás será localizar en el mapa la estación de tren, el primer punto de contacto con tu nueva vida. Cuando salgas del vestíbulo ya podrás formarte una primera impresión de lo que te espera. Muy fría, muy sucia, muy animada, muy relajante. Un poco oscura, un poco sórdida, un poco mejor de lo que imaginabas, huele un poco mal. Parece acogedora, parece elegante, parece que vas a pasar aquí mucho tiempo, parece que te vas a ir mañana mismo. Siempre te dicen que no es justo extraer conclusiones a partir de una primera impresión, pero a ti te gusta dejarte llevar y hacer esas valoraciones prematuras que pueden ir evolucionando, ya que por experiencia sabes que normalmente suelen cambiar a velocidad de vértigo.

Lo segundo que harás es buscar la manera de llegar a casa. Nunca tomas el camino más directo, prefieres dar un pequeño rodeo y empaparte de la que será tu nueva atmósfera por un tiempo indefinido. Evitar un transbordo y así caminar un poco más, pasarte de largo dos paradas de tranvía para ver cómo está la plaza mayor a esas horas, buscar un par de cafeterías bonitas en algún barrio cercano. Las ilusiones que acarreas hacen que tu equipaje parezca más ligero y eso alivia las prisas por llegar a tu nuevo hogar.

En tercer lugar, nada más entrar al piso irás a la ventana y correrás las cortinas. Si hay cortinas, pues en las últimas tres o cuatro ciudades la gente no ponía cortinas en sus ventanas. Miras a tu alrededor. Esas van a ser las vistas que tendrás cada mañana. Te fijas en todos los detalles que puedes y lo intentas recordar todo. Aquella calle de allí que no tiene arbolado, aquella acera en obras, los anuncios que ocupan la publicidad callejera, el número de puentes que puedes contar desde tu ventana. Luego ya habrá tiempo para ver la casa por dentro. Tu prioridad ahora es situarte en tu nuevo contexto.

Por último, tu protocolo dicta que la maleta va a pasarse dos o tres días sin deshacer, por si acaso. Has perdido la cuenta de cuántas promesas de amor eterno se te han escurrido entre las gomas que sujetan tu ropa. Cuántas veces has tenido que salir corriendo dejando atrás tu camiseta favorita o la novela que andabas leyendo. Cuántas veces has perdido la maleta entera, por no tenerla a mano en el momento en que te han partido el corazón. Sí. Todas las veces que has cambiado de ciudad has ido haciendo más rígido tu protocolo, pero hay cosas que por muchos tropiezos que ya hayas sufrido no vas a poder volver a evitar.

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