Noviembre sin personalidad

Nació un octubre cualquiera. Lo hizo como esas luces que se encienden por primera vez. Temblando. Después de las lágrimas llegó el calor de los cuerpos, los brazos que lo sostenían y compartían como si de una moneda se tratase, que lo mecían para que el sueño llegara cuando ya los ojos estaban demasiado cansados de la realidad. Él no se daba cuenta, pero los años pasaban, crecía su cuerpo, y sus ojos se acostumbraban a las sombras que proyectaban sus juguetes, aquellos con los que hablaba creando aventuras que, tiempo después, volvería a revivir en los libros. Del gateo a los primeros pasos; la primera comida solo; la visita inicial a un váter que le proclamó como el niño mayor de la casa. Todo aplausos, todo ¡muy bien!, todos con las palabras pegadas en los dientes, saliendo en torrente, inundando la intimidad que él no sabía llegaría más tarde. Como un puñetazo en la boca. Como dejar de respirar bajo el agua. Como cerrar los ojos cuando el amor se escapaba, a lo lejos.

Creció un noviembre sin personalidad. El colegio, las primeras batallas, las obligaciones que aspiran a convertirse en derechos, las tareas, y la primera mirada que dura más de la cuenta. Las luces de aquella habitación no eran las adecuadas, uno no podía ver sin tocar, un juego absurdo de la adolescencia. Todos corriendo entre esas cuatro paredes, él buscando la oportunidad para poder, siquiera rozar, la cintura de su compañero de asiento. No lo consiguió. Lo que se llevó a casa fue su primera erección, prietos los pantalones, el deseo a punto de estallar, y una noche en la que un simple movimiento se convierte en una religión. Fue el principio, pero el final nunca llegó a avisar, a gritar entre los pasillos, escondido como estaba entre el sudor que corre por el cuello, que con su olor, devuelve al animal que llevaba dentro el lugar que le corresponde. Y callar para no sospechar, para no enfrentarse a la imagen de un hombre que se acerca, que le susurra al oído, que saborea con la lengua sus pezones, que rompe la barrera y le inunda. Ese fue el primer movimiento hacia la cobardía. No entender que no importa quién. Cerrar los ojos a que la palabra “amor” son sólo cuatro letras, con todo un lenguaje en su interior.

Se desnudó un marzo con toda la primavera estallando. Ir sumando años, como quien va guardando el tesoro de una isla desierta en bloques de hormigón. Un trabajo, un coche nuevo, la colección de libros que iba aumentando y con los que vivía las historias que no se atrevía a vivir. Dos hombres, dos realidades, dos imágenes devueltas por el mismo espejo. Los gestos idiotas al levantarse, al amanecer con alguien, al atardecer con su ausencia, al anochecer de su vuelta a las sábanas, al juego sin control de crear arrugas en lo ya alisado. Cerraba los libros y suspiraba como si fuera él el protagonista. Una idea falsa en un cuerpo de verdad. Y aumentaba su tamaño como si de un monstruo escondido en el armario se tratase. Recordará siempre cómo se miró un día en el espejo del baño, cómo recorrió con su mano cada centímetro de su piel, y cómo se imaginaba que era otro el que quería descubrir lo que había en su interior. El amor, de nuevo el amor, que se escapaba entre las grietas de un techo con humedad a punto de desplomarse.

Envejeció un agosto con el sol clamando venganza. Toda una vida, todo un espectáculo detenido en el momento crucial, cuando se descubre el secreto, cuando termina el mundo y el público se levanta aplaudiendo. Él se convirtió en la luz que se apaga cuando ya nadie queda, cuando el silencio es el único que se mueve, reptando, entre las butacas que han sostenido todo el peso de la humanidad. Una representación eterna. Una mentira contada tantas veces que se ha convertido en verdad. Y un cerrar los ojos, por última vez, cuando ya llega el momento, cuando ya todo acaba, y recuerda, rodeado de aquellos que le vieron crecer, que permanecieron a pesar de no entender el por qué de su renuncia, que él no vivió el amor, lo sencillo de una lágrima cayendo por quién necesitamos, porque prefirió la guerra de no entenderse a sí mismo, de no reconocerse. Y el espejo, después, se quedó vacío, para siempre.

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