Juegos de azar

Nacho llevaba esperando la respuesta de Abel desde hacía media hora. Tras un par de semanas interactuando virtualmente, por fin habían decidido poner fecha a su encuentro físico. Sin embargo, Abel había desaparecido como por arte de magia, al igual que el par de cigarros que Nacho guardaba para el resto de la noche. Se los había fumado de manera instintiva, contemplando a través del balcón fragmentos instantáneos de las vidas de los vecinos de enfrente.

La noche parecía estar animada en el vecindario. El matrimonio del tercero estaba manteniendo una acalorada discusión fruto de la más aburrida cotidianidad, mientras que la vecina del quinto asistía a su ya habitual polvo salvaje del jueves. Le divertía intercalar visualmente ambas escenas. Podría haberse pasado toda la noche contemplándolas, pero el zumbido del móvil se interpuso en su nuevo plan. Era Abel. La cita no sólo seguía en pie, sino que se adelantaba.

Nacho se cercioró de que llevaba todo lo necesario y salió disparado de su apartamento. Estuvo a punto de tropezarse con Jacinto, el vecino del ático. Por el aspecto casi adolescente del chico que lo acompañaba, parecía que su mujer se había ido de viaje de negocios una vez más. Se saludaron ligeramente ruborizados, dando por sentado que olvidarían aquel encuentro en cuanto sus miradas cambiasen de dirección.

El azar parecía querer retar a Nacho aquella noche. Supo que había sido mala idea coger el coche para dirigirse a su destino en cuanto el segundo semáforo en rojo se interpuso en su camino. Necesitaba nicotina para calmar aquella impaciencia, pero no le quedaba otra opción que intentar acallar sus nervios observando a los conductores que había a su alrededor. Se sintió ligeramente ruborizado al ver aquella pareja de jóvenes que había aprovechado la pausa para darse el lote. No obtuvo la misma sensación al dirigir su mirada hacia la derecha, donde un matrimonio se ignoraba por completo mientras escuchaba un programa de radio.

Pese a la jugarreta de los semáforos, el destino decidió recompensar a Nacho encontrándole un aparcamiento cercano al bar donde se había citado con Abel. Llegaba con diez minutos de antelación, así que decidió premiarse por aquella hazaña. Entró en el primer local en el que vio una máquina de tabaco. Necesitaba fumarse un pitillo. Las estadísticas le decían que la cita saldría mejor si su cuerpo iba abastecido de nicotina. Mientras esperaba que la cajetilla cayese por la ranura, reparó en una muchacha sentada a escasos metros de él. Estaba sola, leyendo una y otra vez una conversación de whatsapp. Sus preciosos ojos grises parecían estar debatiendo los pros y los contras de llenarse de lágrimas. Nacho no pudo evitar sentir lástima por aquella muchacha, así que le dedicó una cálida sonrisa en cuanto se percató de su presencia. No sabía si logró interpretar el mensaje, pero deseó que aquel gesto hubiese servido de algo.

Tras darle la última calada al cigarro, Nacho ya estaba preparado para encontrarse con Abel. Entró con paso firme al local, pero sus fuerzas empezaron a desvanecerse en cuanto sus ojos no encontraban el objetivo. ¿Habría sido capaz de echarse atrás en el último momento? No. Abel no parecía ser como sus últimas citas. Y lo corroboró en cuanto escuchó a alguien pronunciar su nombre a sus espaldas. Estaba allí, sentado junto a la ventana y contemplando mi aturdimiento con una visible diversión. Sus miradas se encontraron por primera vez, casi en el mismo instante en el que un breve chasquido indicó que la ruleta había empezado a girar.

¿En qué casilla se detendrían ellos?

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