La primera vez

Conoces a alguien. Le miras por primera vez. Le observas como si no hubieras visto a nadie nunca. Un momento. Un instante. Quizás dos segundos donde se esconde el tiempo. Y es como si no hubieras conocido a nadie igual. Como si todos los demás ya no existieran. Como si no hubieran existido nunca. Como si en aquella calle, en el fondo de esa cerveza, con la espuma que se va quedando en los bordes del vaso, las palabras se quedaran atadas, ya para siempre, a un recuerdo. Conoces a alguien. Abres los ojos a todo lo que sucede en el espacio de los dos cuerpos. Y te das cuenta, lo notas, es como si no hicieran falta las palabras. Porque en los silencios, en ese ir y venir de las miradas, en ese roce fortuito mientras camináis al siguiente bar, es donde se esconden todas las intenciones que hacía tiempo que habías escondido.

No fueron necesarios mensajes de texto, llamadas a altas horas de la noche, ni momentos esperando “en línea”. Todo fue sobre ruedas, como si algo te dijera que eso es lo que habías esperado durante mucho tiempo. Y te lanzas, observas los días que van pasando en el calendario, los tachas mentalmente esperando que el primer mes llegue, que se una a otros meses que darán inicio a una relación, a algo sólido, a lo físico que puede casi tocarse, ponerle un nombre, porque todo el mundo sabe que aquello que tiene nombre es real, verdadero, existe. Y no sólo eso. También permanece. Y vuelves a mirarle. Una noche cualquiera, tras tantos días y noches uniéndose como si de un libro que no se acaba nunca se tratase. Y allí, en esa ausencia de palabras, en ese no decir las dos palabras que todo el mundo espera, en ese “te quiero” que no ha de llegar, que se sobreentiende, que sobrevuela cada una de los actos, es donde reside lo que sois, lo que es él y lo que eres tú. Dos palabras por las que todo el mundo suspira, pero que a ti no te hacen falta. Porque le miras, cada día, como si fuera la primera vez, como si cada momento fuera el primero, porque los hogares también pueden ser personas. Cuerpos en los que abrigarte, latidos en los que perderte, abrazos a los que aferrarte cuando allí, en esa noche, en esa calle de una ciudad que te parece siempre la misma, el tiempo se detiene y la primera vez vuelve a aparecer.

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