Aquí y ahora

No sé quién soy. Ni me importa. No tengo tiempo para averiguarlo, ni trato de buscar todas las respuestas, ni las causas, ni el origen, ni la raíz del porqué soy así. Para ser justo, puedo atender a mi reflejo en los demás, el que me devuelves tú y los que me importan. Pero sé que, al fin y al cabo, ese tampoco soy yo mismo.

No hay mucho más de utilidad sobre lo que indagar. Si mi vanidad se recreara en una permanente mirada interna, como proyectando el pasado en el CineXín del ego, una y otra vez, en un súper 8 que no avanza, dejaría de ver mi presente y su guión original. Que de tanto darle a la manivela del proyector, gira y gira, se termina por gastar el rollo en una secuencia reiterada. Que si quieres nadar 100 largos en la amarga lágrima de Petra que discurre por la mejilla, abrasas el fotograma paralizado, lo conviertes en un agujero blanco creciente, en un punto y final frustrante e infantilmente berreante. No puedo aferrarme a lo que fue, a lo que no fue, o a lo que puede que sea o deje ser.

No analizo cada paso que doy, ni llevo un diario, ni me siento en el sofá para hacer balances con la cuenta de la vieja, tomando té a la puesta de sol, ni antes con Aute, ni ahora con Lana.

Y esto no es vivir de manera inconsciente, o como pasando de puntillas por la vida. Más bien voy dejando huella firme, no por perdurar, que el polvo y Centella todo lo borra, si no por tomar impulso para el paso siguiente.

Aparentemente, voy como vaca sin cencerro. Pero no. No es tan simple. Es aprehender los destellos vitales de cada momento. Guardo la mejor de las memorias y cargo las esencias más preciosas en el equipaje que siempre llevo conmigo, que no por liviano es menos preciado, tan libre de plomizas redundancias. La vida es solo ahora.

Ya quisiera vivir dos o tres vidas, para poder observarme más, tener respuestas para cada interrogante que mi persona plantea, arrepentirme y volver a empezar, escuchar una y otra vez el mismo lamento triste y no dejar de revivir lo que tanto nos dolió en algún momento.

Pero me niego, me resisto a vestir cada día igual, repetir los mismos zapatos y conservar mi cara dura o mi cara triste por no desprenderme del pasado. ¿Qué no me conozco? ¿Qué no sé quién soy? ¡Claro que no! Ni lo sé, ni lo sabré en ese último momento en el que bailéis sobre mi tumba. Me reinvento a diario como la vida misma se me renueva. Soy lo que me gusta, y lo que no me gusta tanto. La sonrisa que me emociona este mismo atardecer, el sabor con el que me sacio ahora y tal vez mañana. Con eso me basta para sentirme yo mismo. No quiero cadenas ni deudas al tiempo, ni coordenadas ni barrotes espaciales, ni raíces añosas, ni patrias inventadas para cobardes. Solo quiero el  amor de ahora, el único en mi vida, pues lo demás fueron y los que serán no lo son.

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