Un par de libros

La de cosas que tengo que hacer. Poner la lavadora para mañana planchar y comenzar a hacer el equipaje para el viaje que inicio el domingo. Solo pensar en el madrugón que me voy a dar me pongo malo. ¡A las cinco de la mañana arriba! Cortarme el pelo y arreglarme la barba. Espero no tener a nadie delante en el barbero y así al menos me relajo un poco mientras me dejo hacer. Hasta que llega ese momento de sentir pasar la cuchilla por encima de la nuez. Joder con ese instante. Demasiadas películas he visto. Y demasiadas pocas veo ya. La de dvd’s en la estantería esperando ser desprecintados o vueltos a abrir. Yo que me decía cinéfilo. ¡Cómo cambian algunas cosas!

Voy a abrir las maletas e ir sacando del armario la ropa que tengo que llevarme. Me da el ansia y tengo que empezar ya, poco a poco, con tiempo, nunca soy de dejarlo para el último momento, si no se me olvidan mil cosas. La última vez las tijeras, con lo mal que me apaño con los cortaúñas. Mal no, fatal.  Sacar el pasaporte del cajón y ponerlo al lado de la cartera. Pastillas para dormir (el que consiga dormirse en un vuelo nocturno intercontinental en un asiento de clase turista de manera natural que me explique cómo lo hace), analgésicos (el estrés me mata la espalda y el insomnio la cabeza), caramelos (por si me resfrío), cremas varias (faciales y corporales, la vanidad), un tubo de pasta de dientes nuevo (por higiene personal) y el desodorante (esto tiene un punto de educación). Condones por si acaso. Por si un milagro. Porque se supone que debes llevarlos siempre encima, porque nunca se sabe. Ni apareciéndoseme la Virgen lo lograría con la agenda que llevo. No voy a respirar ni un segundo. Cuando no esté sonriendo, estaré preparándome para hacerlo. Desde el desayuno hasta la cena. Acabaré con dolor de mandíbula. A veces me pregunto si la gente que va tan seria en el metro es porque están amargadas como nos creemos, o si es para compensar los excesos de apariencia a las que sus trabajos les obligan.

Bajar al cajero a por metálico. Qué pereza me da. Paseíto de diez minutos hasta que llego. Y todo por hacer en su día la hipoteca con una caja de ahorros. No sé yo si compensa el que su tasa de interés sobre el Euribor fuera más reducida que la del banco enfrente de casa con la de tiempo que le llevo dedicado a ir y venir hasta su sucursal desde hace casi ocho años y el que le dedicaré en los veintiuno de compromiso que me quedan por delante. ¿Hice lo correcto? Si un alquiler es tirar el dinero.  Si al final una hipoteca es la misma cantidad al mes y al menos lo inviertes en algo que acaba siendo tuyo.  Supongo que sí, que hice lo correcto. También hay quien te dice que con un alquiler, un día puedes decidir mandarlo todo a la mierda, coger la mochila y recomenzar donde y como quieras. Aunque, ¿cuántos de los que lo dicen lo han hecho? ¿A cuántas personas me he encontrado que lo hayan hecho?

Nada de trajes, afortunadamente serán días formales, pero sin corbata. Pantalones, camisas, americanas y zapatos sin cordones. Las deportivas por si saco un rato libre. Difícil, pero basta que no las lleve para que sea posible y entonces me llevan los demonios si no las tengo conmigo. Así, además, libero estrés. Un par de libros. Para cuando me vaya a dormir me digo, aunque luego los paseo y ni los abro. Aun llevando la tablet me gusta siempre meter en la maleta un par de libros, de papel, tradicionales, de los que se leen pasando páginas. Tienen su encanto y me recuerdan que ahí dentro está la esencia de lo que realmente quiero en la vida: vivir, sentir, emocionarme, descubrir. Que no pierda la conexión con la realidad, con esa que es verdad, con la que importa, con esa que está antes y después, con la que construyo yo y no esa falsa que consiste en seguir un camino ya trazado. Por eso llevo siempre en la maleta un par de libros, en formato papel. Aunque no llegue a leerlos. Pero allá donde vaya los coloco en la mesita junto a la cama. Los convierto en parte del entorno. Hacen que ese sitio sea mi sitio. Con ellos hago mío el lugar en el que estaré una, dos o tres noches. Así en todas las ciudades, en todos los hoteles asépticos en los que me alojaré hasta que vuelva a casa. Un par de libros. O tres. O cuatro. Que para meter un libro más en la maleta siempre hay hueco.

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