Más precipicios, por favor

Un texto de Anna Victoria @avictorianna

Estaba quieta, no movía un músculo. El único baile venía de su pelo empujado por los vientos salados del norte. En el horizonte, solo había mar, y debajo de ella, una caída de doscientos metros de rocas, plantas y espuma. Había salido a dar un paseo y había terminado ahí, en el precipicio más cercano. Desde hacía días no hacía más que escuchar que todo era precipitado, que se estaba precipitando, que la decisión era precipitada… Pero no entendía dónde estaba el problema en acercarse a precipicios. Estos accidentes geográficos son preciosos.

Siempre le gustaron los precipicios, pero le enseñaron a temerlos. “La caída te mataría” le decían. “No te acerques al borde, ¡podrías perder el equilibrio!”. Pero a ella no le cabía en la cabeza. ¿Qué pasa con los precipicios? ¿Por qué la gente les tiene tanto miedo? Son preciosos, con sus caídas que encogen el estómago, sus esquinas escarpadas llenas de vegetación, y las vistas. Joder, qué vistas. ¿Para qué huir de los precipicios? En tierra firme hay enfermedades. En tierra firme te atropellan autobuses. En tierra firme te rompen el corazón. Te lo rompen y te lo desgarran a lo largo de meses y a cámara lenta. Te lo pisan mientras en tu cabeza intentas analizar y descifrar lo que está ocurriendo. Y mientras tanto, tu corazón está tratando de salir corriendo desesperadamente. Pero nadie le hace caso al corazón.

En un precipicio, las cosas ocurren rápido y el dolor, si llega, viene de golpe. El precipicio no te esconde nada. El precipicio es claro, transparente, y las cosas tienen dos desenlaces: o sobrevives, o no. Sin medias tintas. Y cuando sobrevives, la caída te ha ofrecido ángulos únicos e inolvidables, de una belleza que no has conocido jamás. Pero el miedo a no sobrevivir es más fuerte para la mayoría, y prefieren volver sobre sus pasos, alejarse del borde y pisar un suelo donde la tierra es más firme que las decisiones.

Así que todavía en los acantilados que le vieron crecer, respiró hondo, cogió impulso y se dejó llevar por la gravedad. Para ver qué pasaría. Para descubrir qué le esperaba después de la caída. Pasara lo que pasara y saliera como saliera, su corazón nunca podría reprocharle nada. Al fin y al cabo, es el órgano más importante del cuerpo, ¿quién era ella para negarle lo que le estaba pidiendo?

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